20 noviembre, 2016

Diccionarios literarios del Caribe hispánico (Cuba, Puerto Rico y República Dominicana)


Cuba:

-Calcagno, Francisco. Diccionario biográfico cubano. Nueva York: Ponce de León, 1838.

-Capote Cruz, Zaida y Romero, Cira. Diccionario de obras cubanas de ensayo y crítica. La Habana: Instituto de Literatura y Lingüística “José Antonio Portuondo”, 2013.

-Figarola-Caneda, Domingo. Diccionario cubano de seudónimos. La Habana: El Siglo XX, 1922.

-Ford, Jeremiah y Maxwell, Raphael I. A bibliography of Cuban belles-lettres. Cambridge, Harvard University Press, 1933. x+20 4 p. (M.P . González, HR , vol. Il, 1934, 171-175.)

-García, Marlene y Alonso, José Ramón. Diccionario ilustrado de voces eróticas cubanas (Para entender la literatura cubana hoy). Madrid: Celeste Ediciones, 2001.

-Herrera Rojas, Ramón Luis y Estupiñán González, Mirta. Diccionario de autores de la literatura infantil cubana. La Habana: Unión y Gente Nueva, 2015. 2 tomos.

-Instituto de Literatura y Lingüística de la Academia de Ciencias de Cuba. Diccionario de la literatura cubana. La Habana: Letras Cubanas, 1980. 2 tomos. (versión digital de 1999 en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/diccionario-de-la-literatura-cubana--0/html/).

-Márquez, J. Diccionario geográfico, biográfico, estadístico, bibliográfico, histórico, económico y mercantil de la isla de Cuba, 1875. BA N (La Habana), vol. XXIV , 1925, p. 81-250.

-Trelles, Carlos María. Ensayo de una bibliografía cubana de los siglos XVII y XVIII, seguido de unos apuntes para la bibliografía dominicana y portorriqueña. Matanzas, 1907; La Habana, 2.» ed. 1927. 463 p.


Puerto Rico:

-Asenjo, Conrado. Quién es quién en Puerto Rico. Diccionario biográfico de récord personal. San Juan, P. R., Imp. Venezuela, 1933-34; nueva ed. 1948-1949.

-Castillo, Rafael del. Gran diccionario geográfico, estadístico e histórico de España y sus provincias de Cuba, Puerto Rico, Filipinas y posesiones de África. Barcelona, Henrich, 1889-18894, 4 vols.

-Hill, Marnesba D. Y Harold B. Schleiffer. Puerto Rican authors: a bibliographic handbook. Metuchen, NJ. Scarecrow Press, 1974. 277 p. (Edición bilingüe, traducción al castellano por Daniel Maratos).

-Hostos, Adolfo de. Tesauro de datos históricos. Índice compendioso de la literatura histórica de Puerto Rico. San Juan, 1948. 3 v.

-Hostos, Adolfo de. Hombres representativos de Puerto Rico. San Juan, P. R., 1961.

-Hostos, Adolfo de. Diccionario histórico bibliográfico comentado de Puerto Rico. Barcelona, Academia Puertorriqueña de la Historia, 1976.

-Island Finance. Puertorriqueños ilustres. San Juan, P. R., Editorial Cordillera. 1994.

-Pedreira, Antonio S. Bibliografía puertorriqueña (1493-1930). Madrid, Imprenta de la Librería y Casa Editoria Hernando, 1932. 707 p.

-Puerto Rico, Ateneo Puertorriqueño. Catálogo por orden alfabético de autores y materias de las obras existentes en la biblioteca del Ateneo Puertorriqueño. Puerto Rico, 1897. 63 p.

-Puerto Rico, Biblioteca del Colegio de Abogados. Catálogo por orden alfabético de autores y materias de las obras existentes en la Biblioteca del Ilustre Colegio de Abogados de la isla de Puerto Rico. Puerto Rico, González, 1882. 108 p.

-Rivera, Guillermo. A tentative bibliography of the belles-lettres of Porto Rico. Cambridge, Mass., Harvard University Press, 1931. 61 p.

-Rivera de Álvarez, Josefina. Diccionario de Literatura Puertorriqueña. Rio Piedras, P. R., U. P. R. ed. La Torre. 1ª ed. 1955. 2ª. ed. 1970. 3ª. ed 1985.


República Dominicana:

-Colson, Jaime. Diccionario de autores dominicanos (1492-2003). 4ta. Ed. Santo Domingo: Editora de Colores, 2003.

-Gutiérrez, Franklin. Diccionario de la literatura dominicana. Biobibliográfico y terminológico. Santo Domingo: Búho, 2004.

-Henríquez Ureña, Pedro. Bibliografía literaria de Santo Domingo. Repertorio Americano (San José), 1929, num. 7, p. 12 y 14.

-Mena, Miguel. Diccionario de las letras dominicanas. Santo Domingo: Ediciones del Cielonaranja, 2004.


-Waxman , Samuel M . A bibliography of the belles lettres of Santo Domingo. Cambridge, Mass., The Harvard University Press, 1931. x+3 1 p. (Pedro Henríquez Ureña, RFE, vol. XXI , p. 293-309).

22 agosto, 2016

Ender: el que sabe cuál profesión elegir

Imagen tomada de AQUÍ

La fama de Ender se ha desperdigado por el barrio y, además de la política, la inseguridad y las hazañas que hay que emprender para hacerse de algún alimento o producto de aseo personal, es de quien hablan en todas las casas y veredas de la zona. ¿El motivo?: es el único que antes de graduarse de bachiller ya sabe cuál carrera universitaria elegir.

A diferencia de sus compañeros de liceo, Ender no ha torturado a sus padres con las persistentes preguntas sobre cuál profesión sería la más adecuada y rentable (y el cariño de lo padres siempre entiende lo más adecuado como lo más rentable). Por ello en la casa de Ender jamás se ha oído conversación alguna acerca de la conveniencia de no estudiar Medicina por el miedo a la sangre y el poco espíritu de servicio. Nunca alguien frunció el entrecejo cuando mencionaban las dificultades de la Matemática y la consecuente ineptitud para la Ingeniería o la Administración. De ningún modo se atisbaba una pizca de preocupación por la sobreabundancia de abogados. En absoluto el temor del desempleo por Letras o Arte, o el optimismo por Cocina o Idiomas como posibilidad para asegurar un boleto que facilitara el azaroso exilio. Jamás de los jamases estas frases animaron alguna charla durante el almuerzo. Ninguna de ellas, comunes en cualquier familia con hijos que rondan los quince años, se han oído en la casa de Ender.

En el resto de los hogares venezolanos ocurre lo contrario. Recurrentemente la incertidumbre invade la tranquilidad de las familias cuando el muchacho, acongojado, levanta la mirada de su teléfono y pregunta: “¿qué voy a estudiar?”. Esa frase es el “¿de dónde vienen los niños” de la adolescencia pues la angustia y el titubeo de los padres no hacen esfuerzo alguno por aparecer: “No sé..., lo que quieras...”. “Pero ni se te ocurra agarrar una carrera de esas que te convertirá en un muerto de hambre”. “La próxima semana vamos al psicólogo”. Los números, aunque difamados de fríos e insuficientes, podrían mostrarnos esta cotidiana confusión familiar en el aumento de las consultas que se realizan a los orientadores vocacionales o en los índices de deserción o cambio de carreras.

Mucha de la culpa la tiene el bachillerato ("martirierato", le llamó Freud en una carta de 1873) y su terca desvinculación con la vida. El bachillerato no propicia la exploración por las inclinaciones profesionales. No fomenta ni consolida la ciudadanía (empeñada en una obligatoria formación premilitar, basada en el orden y el acato sin cuestionamiento). No enseña a domeñar los conflictos emocionales. No forma en el trabajo práctico y es por ello, cuando rara vez ocurre, que la felicidad invade el rostro por el trabajo hecho con las propias manos. Biología, Química, Física, Historia, Matemática, Lengua, Educación Física, Dibujo, Inglés, Filosofía, Arte e Instrucción Premilitar, entre otras del mismo pelaje, parecieran empeñarse en formar "googles andantes", concursantes de "Quién quiere ser millonario" prestos a soltar un dato de la jaula de la memoria, pero inútiles tanto en lo productivo como en lo social y lo emocional. ¿Qué sabe hacer un bachiller recién graduado? ¿Qué de lo aprendido en el liceo le servirá para vivir?

Ender ya sabe qué estudiar y, para tranquilidad de su familia y envidia de las familias del barrio, seleccionó sin vacilación sus opciones en la oferta del Sistema Nacional de Ingreso Universitario de la OPSU. Dentro de algunas semanas comenzarán sus clases y tal vez no tenga dinero para el pasaje, para las fotocopias o para el almuerzo, pero estará feliz. Ya esa es otra historia...

14 febrero, 2016

Historias detrás del son: Himno al amor.

Hace algunos años padecí la adictiva experiencia de la radio. "Cultura Sónica" se llamaba el programa que hacíamos varios profesores del Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes de la Universidad Nacional Experimental de Guayana y en él, semanalmente y de una hora de duración, hablábamos de la cultura y de cómo ella podría ayudarnos a entender el mundo (y entendernos). Allí estuve a cargo de una sección llamada "Historias detrás del son" y aquí les traigo una muestra precisamente en ocasión del día del amor y la amistad.

Bien valen los recuerdos.

13 enero, 2016

El disparatado Sherlock Holmes de Enrique Jardiel Poncela


Pudiera entenderse el relato policial, con Auguste Dupin y Sherlock Holmes a modo de sus personajes representativos, como uno de los signos de la exaltación de la razón y el método científico que caracterizó el pensamiento de la segunda mitad del siglo XIX. Época del Positivismo como corriente filosófica dominante, en la cual la lógica, el método y la razón debían certificar todo enunciado que quería asumirse como verdadero, el detective de los relatos policiales fungía como representante de esta nueva era racional. Sin embargo, este fervor y optimismo por la ciencia comenzó a resquebrajarse a principios del siglo XX debido, entre muchas otras causas, a la influencia ejercida por las corrientes irracionalistas y el desdén y pesadumbre causados por las guerras mundiales. Así, comienzan a aparecer en la literatura parodias del detective, en la cual la sinrazón, la locura y el anticientificismo son predominantes. Una de esas parodias del detective es la realizada por el español Enrique Jardiel Poncela en Novísimas aventuras de Sherlock Holmes, de 1930, en la cual se centra la parodia en la patologización del detective, en la destrucción del paradigma indicial y en la deconstrucción del enigma. Esta propuesta de Jardiel Poncela se enmarca en una crítica al saber científico y a sus promesas de bienestar y desarrollo. El loco y delirante Sherlock Holmes de Jardiel Poncela es una manifestación del descrédito de la razón que años antes avizoraba Nietzsche.

Ya nada es elemental, mi querido Watson.

26 diciembre, 2015

El primer libro de cocina hecho en Venezuela


En la Venezuela colonial, la del siglo XVIII, era común la lectura de libros de cocina europea. De los primeros registros que se tienen, según las pesquisas realizadas por Ildefonso Leal (1978) en los documentos coloniales venezolanos, puede afirmarse que uno de los primeros libros gastronómicos que arriban a estas tierras es el Arte de cocina, pastelería y bizcochería y conservería, de Francisco Martínez Montiño, editado en Madrid en el año de 1611. Otro texto gastronómico del cual existe evidencia de su presencia en la Venezuela colonial es el Libro del arte de cocina, de Diego Granado, publicado en 1599. Además de los anteriores, el Nuevo arte de cocina sacado de la experiencia económica, de aproximadamente 1745; el Physiologie du goût, de Brillat-Savarin; El confitero moderno, de Maillet; el Manual de cocina española y americana, de Brecarelli, entre otros (Cartay, 1995: 288-289), nos hablan de una indiscutible presencia del libro de cocina en la Venezuela colonial que, a través de las copias manuscritas o el préstamo y la cesión testamentaria, formas comunes de distribución del libro en la época, pudieron haber alentado la difusión de los mismos entre un extenso público consumidor. Carlos Duarte, por su parte, señalando a los libros de cocina manuscritos como forma generalizada de difusión, nos recordará:

Muchos de los platos que se comían durante el período hispánico provenían de viejas recetas familiares que se fueron acumulando y perfeccionando, añadiendo ingredientes locales que le dieron a la cocina criolla un toque particular. Muchas personas se guiaban por las recetas de libros de cocina como el de Juan Altimiras, Nuevo Arte de Cocina, editado en Madrid en 1767, del cual figuraba un ejemplar en la biblioteca de don Juan de la Vega. (Duarte, 2001: Tomo II, 33).

En medio de ese incipiente pero para nada despreciable campo cultural del discurso gastronómico en la Venezuela colonial, surgen los que se conocen como los dos únicos proyectos editoriales de cocina hechos por venezolanos en el siglo XIX. El primero de ellos fue elaborado por José Antonio Díaz, como parte del libro que lleva por título Elagricultor venezolano o Lecciones de agricultura práctica nacional, editado en Caracas en 1861 por la Imprenta Nacional de M. de Briceño. En este libro de Díaz, cuya intención era la formación de la juventud caraqueña en la vida y quehaceres de la agricultura, se describe el cultivo y usos de plantas, la higiene campestre, la economía rural, consejos médicos, abono de suelos, clarificación de vinos, entre otros conocimientos rurales cuya enseñanza buscaba recuperar, según el decir de Díaz, la moral perdida de los campos:

Estos motivos me decidieron á aceptar el magisterio de la escuela proponiéndome no solamente descubrir á la juventud los tesoros de nuestro suelo y el modo de explotarlo para que mis alumnos á su vez hiciesen despues lo mismo sino dejar en nuestras lecciones un escrito que hiciese prosélitos al campo y si no para hoy para mas adelante restableciese la moral perdida por las continuas revueltas políticas que no han cesado de turbar el orden público por una larga serie de años (Díaz, 1861: III-IV. Se transcribe con la ortografía original).

Uno de los capítulos de este libro de Díaz lleva por título “Cocina campestre” y el mismo resulta ser un compendio de recetas de uso cotidiano en el campo venezolano, entre las cuales encontramos, en un discurso lleno de valoraciones sobre la economía, el gusto y su carácter saludable, a la olleta, el mondongo, morcillas, chorizos, carne frita, “ropa sucia”, hallacas, entre otros. Así, este texto es considerado, al decir de varios investigadores (Lovera, 1988 y Cartay, 1995) como uno de los primeros recetarios publicados en Venezuela.
Sin embargo, prefiero reservar ese privilegio a Cocina criolla o guía del ama de casa para disponer la comida diaria con prontitud y acierto, del escritor merideño Tulio Febres Cordero (1860-1938), quien publicó este texto en el año de 1899. En realidad este libro de Tulio Febres Cordero será el primero que se planifique y se imprima como un discurso culinario autónomo y con una plena intención de ser compuesto como libro gastronómico, a diferencia del texto de Díaz que, como ya dijimos, es parte de un libro cuya temática general es la formación para el quehacer rural.
Así, la literatura gastronómica nació en Mérida, en los Andes venezolanos, próxima a la alborada de un nuevo siglo.

Referencias Bibliográficas:

-Cartay, R. (1995) El pan nuestro de cada día. Crónica de la sensibilidad gastronómica venezolana. Caracas: Fundación Bigott.

-Díaz, J.A. (1861) El agricultor venezolano o Lecciones de agricultura práctica nacional. Caracas: Imprenta Nacional de M. de Briceño.

-Duarte, C. (2001) La vida cotidiana en Venezuela durante el período hispánico. (Dos tomos) Caracas: Fundación Cisneros.

-Febres Cordero, T. (1993) Cocina criolla o guía del ama de casa para disponer la comida diaria con prontitud y acierto. (6ta. Ed.). Mérida: Imprenta de Mérida.

-Leal, I. (1978) Libros y bibliotecas en Venezuela colonial (1633-1767). Caracas: Academia Nacional de la Historia.

-Lovera, J.R. (1988) Historia de la alimentación en Venezuela. Caracas: Monte Ávila.

13 diciembre, 2015

Seres de papel a cada vuelta de esquina


La literatura posee un poder tan pero tan grande que, en algunas ocasiones, crea personajes que logran salir de sus límites de ficción y terminan formando parte de nuestra trajinada realidad. Así, emocionados por la fuerza e intensidad de sus experiencias y acciones, terminamos creyendo que esos seres de la literatura son en realidad uno más de nosotros. Uno de ellos es Don Quijote de La Mancha, el viejo, flaco y alocado protagonista de la novela escrita por Miguel de Cervantes que fue publicada en el año de 1605. Convertida ya en un clásico de la literatura universal, esta novela relata las desventuras de Alonso Quijano quien, de tanto leer las viejas historias de caballerías, enloquece y se asume como un personaje guiado por los valores feudales del honor, la lealtad, la valentía y el ofrecer auxilio sin esperar nada a cambio. Alonso Quijano se cree Don Quijote de La Mancha, nombra a un fiel escudero, Sancho Panza, y va tras el auxilio de Dulcinea del Toboso, emprendiendo contra gigantes que los “cuerdos” ven como molinos de viento. Termina Alonso Quijano señalado como “loco” por responder a unos valores que no son propios de la individualista y egoísta edad Moderna.
“Don Quijote de La Mancha”, como toda obra clásica, logra aún conquistar lectores a lo largo de los siglos por su capacidad de ofrecer nuevas lecturas cada vez que abrimos sus páginas. Esta novela puede leerse como una obra de humor, de amor, de filosofía, de política, de aventuras, de economía, de historia y un largo etcétera que lo convierte en un maravilloso baúl de tesoros que no puede dejar de disfrutar ningún ser humano que crea en el poder de la palabra.
Una obra no solo llega a ser clásica por las múltiples interpretaciones que pueda ofrecer, como lo hace “Don Quijote”, sino que además alcanza este honroso calificativo por saber traducir los intrincados resortes que mueven a los seres humanos. Entender nuestra psiquis, comprender las motivaciones de nuestros ser y hacer, así sean imposibles e irrealizables, es una de las grandes cualidades de la literatura que se considera clásica.
Eso es lo que representa “Don Quijote de La Mancha” para la humanidad y por ello es un libro que nos acompañará por los siglos de los siglos.

12 diciembre, 2015

Regresar a Ítaca


Hay temas de la literatura que son universales, que no prestan atención a las fronteras de las geografías ni del tiempo, y terminan convirtiéndose en los grandes argumentos del arte en general. La guerra, el viaje, el amor, el poder y la muerte son algunos de ellos y quizás no por casualidad los dos primeros, la guerra y el viaje, hayan sido los que inauguraron la literatura occidental de la mano de Homero, pues fueron los temas que alimentaron la imaginería de la Antigüedad, época del asombro y el valor ante el inmenso mundo aún desconocido.
“La Ilíada” y “La Odisea”, las dos magnas obras de Homero, constituyen la base de la cultura griega y, mientras la primera nos sumerge en la exaltación del valor y la honra, en la segunda, en “La Odisea”, se desarrolla el tema del viaje y del regreso a casa. Odiseo, o llamado también Ulises en el término latino, emprende el viaje hacia Ítaca, lugar donde lo aguarda su esposa Penélope y su hijo Telémaco, a quienes no ve desde hace largo tiempo por los avatares de la guerra de Troya que lo mantuvo alejado durante diez años. El regreso de Odiseo a Ítaca, que duró otros diez años más, no resulta fácil pues a cada paso una serie de inconvenientes le impide estar al lado de su familia. Sirenas, gigantes de un solo ojo, hechiceras y un sinfín de aventuras harán del viaje de Odiseo una excitante historia que ha alimentado la imaginación y los sueños de la humanidad por varios siglos.
Al llegar a Ítaca le esperaba a Odiseo una nueva travesía y era el lograr resarcir la larga espera de Penélope y desarmar el complot de varios pretendientes para quedarse con su familia y su reino. La astucia de Odiseo tenía ante sí un nuevo reto.
Con “La Odisea” aprendemos que no hay mejor lección que el viaje pues, con el cambio de horizontes y el contacto con otras culturas, afianzamos nuestra identidad y logramos entender que el mundo, ancho y ajeno, es un lugar donde todo puede ser posible.
“La Odisea” es uno de esos libros imprescindibles que no debemos dejar de leer y que nos invita a un viaje cuya emoción y aventura no nos dejarán defraudados.

09 diciembre, 2015

Nadie se roba los columpios


Esta edición de los mejores relatos de Fabio Morábito, antecedida por un prefacio del laureado poeta venezolano Eugenio Montejo, es un festín de palabras justas, calibradas según el buen oficio del decir, y representa además un manjar para la vista debido a la hermosa y cuidada labor editorial de Bid&Co.
Doce cuentos magistrales componen este libro de Fabio Morábito, nacido en Alejandría, de padres italianos y radicado desde muy joven en México, quien se ha convertido ya en un escritor de referencia de la literatura hispanoamericana con su variada producción poética, narrativa, ensayística, infantil y de traducción que alcanza la veintena de libros y han sido traducidos al alemán, inglés, italiano, francés y portugués.
Algunos de los cuentos de la edición, como “La cigala”, “Los crucigramas” o “Mi padre”, deben considerarse ya como parte de la mejor literatura de nuestro continente, cuentos en los cuales los adjetivos y las frases precisas nos recuerdan que la realidad está hecha también de incertidumbres. La locura, el desasosiego, la sinrazón, la maravilla que se esconden detrás de la razón y la lógica de lo cotidiano, son el leit motiv de la obra narrativa de Fabio Morábito, quien con sus cuentos logra mostrarnos los pliegues de la realidad por donde podemos atisbar el reverso del mundo.
Al mejor estilo de Kakfa, Cortázar o Salvador Garmendia, los cuentos de Fabio Morábito seleccionados para esta edición, y que provienen de los libros “La lenta furia (1989), “La vida ordenada” (2000) y “Grieta de fatiga” (2006), son la mejor manera de entender nuestra realidad a través de la litertura más reciente y sorprendernos así de nosotros mismos. 
Eugenio Montejo, en el prefacio del libro, conjetura la posibilidad de que el propio autor resulte impresionado al ver el resultado de su creación: “Quizás Morábito pertenezca a esa rara estirpe de narradores que suelen escribir una historia para indagar cómo finalmente han ocurrido las cosas. Llegamos a creer que no pocas veces termine por ser el primer sorprendido”.
Les aseguro que estas 117 páginas de “Nadie se roba los columpios” nos contagiará irremediablemente de ese asombro.

08 diciembre, 2015

Hojas sueltas del estado Bolívar




“La hoja suelta es como una fotografía tomada sorpresivamente: no hay pose posible; muestran a nuestro coterráneo de ayer –un ayer de cien años– íngrimo y desamparado, en su desnuda verdad”. (Miranda y Ruiz, 2001: 11).


Las hojas sueltas son, de todos los productos que pueden concebirse en las entrañas de una imprenta, las que resultan ser las más efímeras y fugaces. Pensadas para la respuesta inmediata, para su pronta y amplia difusión, estas peculiares publicaciones representan para el siglo XIX venezolano el ejemplo vivo de la búsqueda de una comunicación impresa eficaz, que lograra hacer realidad aquel deseo de emular la palabra que vuela, tan propio de la oralidad, donde el mensaje viaja de boca a oreja en un sinfín de interpretaciones. Esa necesidad de inmediatez y difusión obligaba a la impresión de un mensaje que debía ser entregado como volante, que sería pegado como cartel en las esquinas de los pueblos, que circulara por mercados y calles, por lo cual las amenazas del clima, del desdén de transeúntes y de la inocencia de manos infantiles o de adultos que no estaban de acuerdo con el mensaje publicado, hizo que las hojas sueltas desaparecieran con la misma velocidad con la cual lograron mostrarse al público:

¿A cuántas las destruiría el sol y la lluvia, sus eventuales lectores o la suspicacia de las autoridades? ¿Cuántas habrán sido lanzadas a la cesta como basura, papeles viejos de algún antepasado? Muchos efímeros volantes culminaron su existencia como envoltorio de menudencias en viejas bodeguitas de pueblo. O junto con la prensa, tuvieron como última y sorprendente utilidad la de ser materia prima para tapizar paredes. Empero, estos folios frágiles y perecederos desafían al tiempo y hasta se mofan de la fortuna y de la eternidad. (Miranda y Ruiz, 2001: 12)

Entre la pesadez monolítica del libro y la variedad de la revista, la hoja suelta se ha intentado siempre mostrar en contraposición a esos dos productos textuales que la delimitan. El mismo Diccionario de la Real Academia Española la define como: “Impreso que, sin ser cartel ni periódico, tiene menos de cinco páginas”, imprecisión ésta sobre la hoja suelta que tal vez provenga de su camaleónico formato y temática. Existen hojas sueltas de pequeñas dimensiones de 10 x 12 cms. hasta las de gran tamaño como las de pliego completo de un metro cuadrado. Sus contenidos son variados y van desde el apoyo político a algún candidato, el mensaje publicitario comercial, la programación de alguna festividad pública, el agradecimiento o la crítica gubernamental o la difamación y la réplica. Tal vez no exista tema de interés público que no logre acomodarse en los espacios que ofrece la hoja suelta.
Por suerte, y gracias al empeño archivístico del merideño Tulio Febres Cordero, algunas hojas sueltas venezolanas del siglo XIX y XX han logrado llegar hasta nosotros y, entre ellas, mostramos a continuación la lista de las que pertenecen al estado Bolívar y que se encuentran en la Sala Febres Cordero del estado Mérida, Venezuela. Son once hojas sueltas que sirven como material, entre otras cosas, para reconstruir la historia de la edición en Guayana. Una tarea por realizar.

Hojas sueltas del estado Bolívar:

1.- Manifestación. Año 1891, 20 de octubre, Ciudad Bolívar, Tipografía al Vapor de “El Bolivarense”. Contenido: apoyo a la gestión de R. Andueza Palacio.

2.- Voz de aplauso. Año 1895, Soledad, 15 de marzo, Imprenta del Estado. Contenido: apoyo a la gestión de Nicolás Rolando.

3.- Centenario del General J.G. Monagas. Año 1895, abril, Ciudad Bolívar. Tipografía al vapor de Ortega y R. Contenido: programa para la celebración de las fiestas del primer centenario del general José Gregorio Monagas.

4.- Nos, Dr. Antonio María Durán. Por la gracia de Dios y de la Santa Sede Apostólica, Obispo de Santo Tomás de Guayana. Al muy venerable señor Deán y Cabildo de nuestra Santa Iglesia Catedral, al clero y fieles de la Diócesis. Año 1895, diciembre, Tipografía al Vapor de Ortega y R. Contenido: descripción de visita pastoral a la Diócesis.

5.- Julio M. Rojas Jefe Civil del Distrito Independencia del Estado Bolívar a los pueblos de la jurisdicción. Año 1906, julio, Soledad. Contenido: Laudatoria para conmemorar el 5 de julio de 1811 y a su vez la labor del presidente Cipriano Castro y su Revolución Liberal Restauradora.

6.- Por la vindicta social. Año 1906, 9 de agosto, Ciudad Bolívar. Imprenta y Encuad. de B. Jimeno Castro. Contenido: exculpación a Jorge Blum por haber sido acusado de dar muerte a Juan Anselmo. Firman: Víctor M. Álvarez C., J. Gavini, Domingo Gallipoli, C. M. Rengel, Sinforiano Orosco, por Jorge M. Paraquett, Félix Ortega, J. M. Soublette, por Ángel María Hernández, J. Garavini.

7.- Voto Liberal. Candidatura del General Arístides Tellería. Año 1909, noviembre, Ciudad Bolívar. Tipografía “La Empresa”. Hermanos Suegart. Contenido: apoyo a la candidatura de Arístides Tellería como candidato gomecista para el cargo de presidente del estado Bolívar para el período 1910-1914. Incluye lista de nombres de guayaneses apoyando la propuesta de candidatura.

8.- La dignidad del obrero. Conferencia de Diego Carbonell. Año 1917, agosto, Ciudad Bolívar, Imprenta de B. Jimeno Castro. Contenido: transcripción de conferencia leída por Diego Carbonell en la sesión solemne de la Sociedad de Artesanos “Unión Protectora” de Mérida en la noche del 14 de agosto de 1917. Reproducido por J.D. Montenegro, presidente honorario de la Sociedad “Cooperativa de Artesanos y Obreros” de Ciudad Bolívar.

9.- Concurso en tres certámenes en Guayana, con motivo de cumplir su Santidad el Papa Pío XI cincuenta años de haber sido ordenado sacerdote. Año 1929, julio, Ciudad Bolívar. Contenido: Bases del concurso literario organizado por el Centro de Damas Católicas de Ciudad Bolívar. Presidenta: Henriqueta de Morales. Secretaria: Lourdes Morales.

10.- Su santidad el Papa Pío XI (Aquiles Ratti). Año 1929, diciembre, Ciudad Bolívar. Contenido: cuadernillo con el programa de las festividades por la celebración en Ciudad Bolívar del 50 aniversario de la ordenación sacerdotal del Papa Pío XI.

11.- En la atalaya. Al Benemérito General J. V. Gómez, Presidente Constitucional de la República. Año 1931, mayo. Ciudad Bolívar. Imprenta de B. Jimeno C. Contenido: exaltación biográfica y sentimental acerca de las virtudes y cualidades de Juan Vicente Gómez.

Referencias Bibliográficas:

-Miranda, Haydée y Ruiz Chataing, David (2001) Hojas sueltas venezolanas del siglo XIX. Caracas: UCV.

-Real Academia de la Lengua Española (2001). Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. Madrid: RAE.


08 junio, 2015

La razón estrangulada


De todas la formas posibles que pudieran existir para clasificar libros, la más eficiente, quizás para algunos, es la que separa los textos que nos inquietan al punto de cambiar nuestra forma de pensar y los que nos dejan indemnes, sin atisbo de hacer cosquilla alguna. El libro del periodista y químico español Carlos Elías pertenece a los primeros. Luego de leer sus más de 480 páginas la sensación que queda es la de haber estado con los ojos cerrados ante un problema que poco a poco ha logrado extenderse y nos conduce nuevamente a la ignorancia y el mito, situación que la humanidad ya creía superada: una nueva edad Media sin ciencia y pletórica de supercherías.
Carlos Elías parte de un hecho verificable, indiscutible y ya cotidiano en varios países del mundo, como lo es el descenso de matrícula estudiantil en carreras científicas. En el caso venezolano, por ejemplo, puede evidenciarse ante el alarmante déficit en la cantidad de profesores especializados en Física, Química y Matemática para el bachillerato. Parece que la ciencia ya no interesa ni mueve la afición de los seres humanos y el autor plantea varias hipótesis al respecto que pueden explicar este desánimo. Para Elías, la causa del declive de la ciencia está en los medios de comunicación y su constante deformación de la actividad científica al presentar los personajes de laboratorio como solitarios, perturbados o con conflictos familiares y de poco agraciado aspecto. Esta hipótesis, que tendría la debilidad de considerar a los seres humanos como objetos sin criterio ni consciencia, cuales zombis manejados al antojo de los medios de comunicación, se va reforzando y tomando nuevas dimensiones a lo largo del extenso trabajo de Elías, entramando otros argumentos más sólidos como los referidos al lenguaje y estrategias usadas en el periodismo científico, al monopolio de las revistas científicas (Nature y Science) y al sentido mismo de la epistemología postmoderna, fundada en Lakatos, Kuhn, Feyerabend y Popper, para quienes las leyes y conclusiones científicas son relativas y de consenso, más que objetivas y universales, equiparando así la ciencia a cualquier otra labor o actividad humana como escribir un poema o elegir la junta de condominio, desprestigiando de esa forma el valor de la generación de conocimiento científico.
La razón estrangulada es un libro polémico, que de seguro alterará el ánimo de sus lectores ante el cuestionamiento permanente del estatus académico y universitario de las ciencias sociales, particularmente la del comunicador social. En ese sentido, Elías llega a afirmar que las llamadas “ciencias sociales” cargan a cuestas un pecado original que las hace palidecer ante cualquier revisión sistemática y es el escaso rigor en sus fundamentos epistemológicos, empeñadas en revestirse de las llamadas ciencias exactas sin llegar a ser ni una cosa ni otra.
Éste es un libro que invita a la discusión e intenta ahuyentar la modorra que a veces hace nido en los ámbitos académicos.

07 junio, 2015

Con trazos de seda o los múltiples caminos de la historia


La ciencia de la Historia tuvo su giro copernicano, su revolución transformadora, cuando la nueva perspectiva del recuento del pasado propuesta por la escuela francesa de los Annales, a mediados del siglo XX, abandonaba el criterio económico, político o militar como únicos constructores sociales de significado. Antes, hacer Historia se reducía a explicar los sucesos del ayer en función del héroe y sus quehaceres, de la figura solitaria de la cual emanaba toda voluntad, invisibilizando así personajes y temas de la compleja y amplia red de sentidos que conforma la sociedad.
Con la microhistoria italiana, la historia cultural inglesa, la historia de la sensibilidad latinoamericana o la historia social francesa, ente otras nuevas corrientes de la investigación histórica, el pasado dejó de ser lo que era y los obreros, las mujeres, los homosexuales, los negros, los prisioneros, las prostitutas y los bandidos, por mencionar algunos, volvieron a tomar la palabra para con ella hablar del chiste, del piropo, del olor y demás sentidos, de la cocina, de las creencias, del galanteo y el amor, entre otros muchos personajes y temas excluidos de la Historia tradicional.
El libro Con trazos de seda. Escrituras banales en el siglo XIX, de Cecilia Rodríguez Lehmann, publicado el año 2013, se inscribe en esta perspectiva de entender la Historia como un amasijo simultáneo de visiones racionales y subjetivas, de realidades e imaginarios, de centros y periferias, intentando rescatar el discurso de la moda aparecido en las publicaciones periódicas venezolanas del siglo XIX y ver a través de sus dictámenes, criterios y variaciones una política de formación del sujeto republicano. Casi desde el mismo instante en el cual el ser humano creó la vestimenta, ésta dejó de ser un simple recurso de protección contra el clima y pasó a convertirse en signo identitario y de poder. Ello explica el abundante repertorio textual que regula, juzga y normativiza el adecuado uso de los ropajes, por lo cual no es de extrañar que pueda entreverse en las crónicas de moda, los figurines y la publicidad “la escritura cifrada del funcionamiento social”, como claramente lo dice Rancière en el epígrafe de este libro.
Rodríguez Lehmann agrupa con el término “banal” al conjunto de textos y prácticas considerado como fuera del canon, que vive parasitariamente en los márgenes y no es digno de atención. Estos escritos y prácticas banales, superfluas, frívolas, hechos para la diversión, la brevedad y lo fragmentario, tuvieron una relación conflictiva con el campo cultural letrado de la Venezuela del siglo XIX, pasando de la tensión, exclusión y rechazo hasta llegar a ser tema y discurso común, adoptando sus modos y contenidos.
Este libro de Rodríguez Lehmann, entre otros valiosísimos aportes, nos señala que los discursos sobre la moda aparecen en Venezuela en la temprana década de los veinte del siglo XIX, tal como lo evidencia El Canastillo de Costura, de 1826, publicación periódica venezolana dedicada a las mujeres y a su vestimenta; este es un curioso dato ofrecido por la autora ya que por ser época de conflictos bélicos, esto nos hace suponer erróneamente que la moda no era tema de interés debido al fragor de las guerras.
Si el discurso de la moda se caracterizó en el siglo XIX por reintroducir modelos burgueses europeos, el proyecto de formación de una nación debió entonces velar por servir de traductor y guía de estos discursos para adecuarlos a las exigencias y particularidades del poder local. Rodríguez Lehmann desarrolla esta idea con el minucioso examen del guzmancismo y su intento por construir una imagen de Estado opulento, fuerte y eficaz a través de la retórica del poder sobre la moda.
Haciendo un examen detenido del baile de fin de año que ofreció Guzmán Blanco en 1880, Rodríguez Lehmann ve en las vestimentas presidenciales, tanto del primer mandatario como de la primera dama, un juego de representaciones que servía de símbolo de un poder que deseaba decir a sus gobernados que el desorden y el caos de los gobiernos anteriores habían quedado atrás. La vestimenta en el guzmancismo, a la par del aumento de los discursos sobre la moda, son un ejemplo de construcción del poder a través de los discursos banales.
Echamos de menos en Con trazos de seda. Escrituras banales en el siglo XIX alusiones de cómo el discurso banal de la moda se interrelacionó con obras literarias de la época, particularmente con el costumbrismo venezolano del ochocientos, como los textos de Rafael Bolívar o Daniel Mendoza, solo por mencionar a algunos que hicieron referencias sobre la moda desde el decir literario.
Esta investigación de Rodríguez Lehmann fue finalista de la XII edición del Premio Transgenérico de la Sociedad de Amigos de la Cultura Urbana y hecho libro posteriormente, hermoso libro de llamativa portada y exquisito papel, por la editorial venezolana Fundavag.

Bien vale la pena acercarse a las páginas de Con trazos de seda. Escrituras banales en el siglo XIX de Cecilia Rodríguez Lehmann, para seguir en la interminable tarea de saber quiénes fuimos y así lograr saber quiénes somos.

16 enero, 2014

Nuestro Mío Cid de montaña y neblina


Los hechos de la historia muchas veces se confunden con el mito y terminan siendo, en el mejor de los casos, un fantástico recuerdo de algo que quizás nunca llegó a ocurrir. Así pasó con la guerra de Troya, conflicto bélico que lindó con lo imposible y derivó en temas de poemas y cantos, hasta el punto de considerarlo como simple relato de la imaginación. Fue así por varios siglos hasta que un arqueólogo alemán del siglo XIX, Heinrich Schliemann, se empeñó en creer que lo que contaba la “Ilíada” era cierto. Tanto insistió Schliemann que al final dio con la preciada ciudad cuyo horizonte fue oteado por los ojos de Helena, demostrando así que lo que nos relatan las obras literarias no necesariamente pertenece de forma exclusiva al reino de la ficción. Igual podemos decir de las hazañas de Rodrígo Díaz de Vivar y su reconquista del territorio español, en manos de los árabes en aquel lejano siglo XI d.C. Hoy leemos sus proezas en un hermoso canto llamado “Poema del Cid” y en muchas oportunidades se nos pasa por alto la realidad histórica que está detrás de la obra.
Ocurre lo mismo con las canciones. Compuesta en algunas ocasiones como homenaje a personajes y sucesos, el tiempo termina por borrar los referentes históricos que le dieron sentido, siendo ahora frases ininteligibles que solo sirven para acompañar bailes. Un ejemplo de ello es el golpe tocuyano “Montilla”, canción venezolana de principios del siglo XX que muchas veces cantamos sin llegar a saber que detrás de ella se esconde la historia de José Rafael Montilla, conocido como “El Tigre de Guaitó”. 
Nacido en Trujillo en 1859, Montilla se destacó desde muy joven por su valentía, arrojo y lucha por la reivindicación de los campesinos. En las continuas batallas que participó al lado del ejército Liberal fue nombrado General, aclamado por los mismos soldados que lo acompañaban. Refugiado en el pueblo de Guaitó, desde donde ejerció el reparto justo de las tierras y el colectivismo agrario, el General Montilla fue un dolor de cabeza para las ansias de los Conservadores y no hubo batallón que pudiera con la fuerza del trujillano. Varios presidentes de Venezuela ordenaron su captura pero el Tigre de Guaitó era indomable. Cipriano Castro, al darse cuenta de que era sumamente difícil derrotar a Montilla y de que este iba a ser un constante foco de conflictos en la región, decidió ofrecerle cargos políticos para mantenerlo alejado de su tierra. Castro le propuso que con 70 oficiales ejerciera la vigilancia de la frontera colombiana. Aceptó, pero al poco tiempo se dio cuenta de que se trataba de una trampa. Le mandó a decir a Castro, en forma de amenaza y con fina ironía: "es más corto el camino desde Guaitó a Miraflores que de Capacho a Miraflores". Desde ese día empezó un asedio contra "El Tigre". Lo acecharon los ejércitos de Lara, Barinas, Portuguesa y Cojedes; pero no lograron capturarlo. Al asumir el poder Juan Vicente Gómez, le ofreció garantías para que saliera de Guaitó y éste siempre contestó con evasivas.
En el año de 1907, cuando José Rafael Montilla contaba con 48 años y era el hombre más poderoso y respetado del occidente del país, fue asesinado por la traición de uno de los suyos. Un terrible machetazo, asestado mientras estaba en cuclillas tomando agua de la quebrada, le quitó la vida al Tigre de Guaitó.
Desde ese instante el pequeño pueblo larense de Guaitó se convirtió en el lugar a donde iban los campesinos del occidente del país a ofrecerle el tributo de su afecto y su recuerdo. Desde Guárico, Trujillo, Portuguesa y otros estados venían cientos de hombres y mujeres acongojados para el velorio.
Una enorme procesión de campesinos acompañaba el féretro del General Montilla hacia el cementerio y detrás un grupo de músicos entonaban canciones que relataban las proezas del Tigre de Guaitó.
En ese momento, en la marcha fúnebre, nació el golpe tocuyano “Montilla”, canción que ha tenido variantes que han quedado en la memoria de los pueblos andinos y larenses. En otras versiones de la canción se oye, por ejemplo:

Montilla está enmontañao:
no se metan caraqueños,
ese es un hombre que despierta
a todo el que tenga sueño.
En las sierras de Trujillo
hay valientes por montón
pero el que tiene más brillo,
es el Tigre de Guaitó.
El coloso de los andes,
el valeroso Montilla,
es muy grande entre los grandes,
y liberal sin mancilla.

La vida del Tigre de Guaitó se confunde con la leyenda y pudiéramos afirmar, sin ser exageración alguna, que José Rafael Montilla es el Aquiles de los Andes, el Mío Cid de la montaña y la neblina.

06 diciembre, 2013

Ramón Isidro Montes: una lumbre perenne

Ramón Isidro Montes, el domingo 26 de mayo de 1889, escribió febrilmente en su diario: “Salí a caballo y después de haber visitado las tumbas de mis padres y de mis hijos, estuve en La Magdalena y di vuelta por San José: vine poco antes de las 9 y leí los periódicos. Hoy me he sentido muy desmayado”.
Sería la última nota que escribiría ya que, dos semanas después, a sus 62 años, murió en la misma tierra que lo vio nacer y a la cual había ofrendado su vida y trabajo como uno de los más notables intelectuales de la Guayana decimonónica. Abogado, senador, presidente de la Corte Suprema de Justicia, pedagogo, fundador del Colegio Nacional de Guayana, poeta, novelista, orador, precursor de los estudios universitarios guayaneses y autor de varios textos educativos, la vida de Ramón Isidro Montes permite vislumbrar una época de construcción de ciudadanía y de arraigo de lo público que afloró en la Ciudad Bolívar de la segunda mitad del siglo XIX.
A pesar de su destacada, productiva e intachable labor y trayectoria de vida, la figura de Ramón Isidro Montes a duras penas logra mantenerse aferrada a la memoria histórica gracias a que algunas instituciones educativas del país han decidido llevar su nombre. Ese pequeño homenaje ha logrado conservar la llama viva del insigne guayanés, del Andrés Bello de Ciudad Bolívar, aguardando aún por el pleno reconocimiento que reviva el interés por su obra y reanime el estudio sobre su colosal ideario.
En 1891, a dos años de la muerte de Ramón Isidro Montes, su hijo Félix Montes editó una selección de su trabajo literario, pedagógico y político en un libro que llevó por título Ensayos poéticos y literarios. En sus más de 560 páginas, los valores de honradez, justicia, trabajo, constancia, solidaridad y patriotismo se desprenden de las ideas de Ramón Isidro Montes, expresadas en un espléndido uso del lenguaje; no gratuitamente, Ramón Isidro Montes era considerado el mejor orador de su época. Sus ideas políticas, las cuales fomentaban el federalismo y la libertad, al igual que sus reflexiones educativas, que alentaban una instrucción conectada con la realidad sin descuidar la formación ética y ciudadana, hacen de Ramón Isidro Montes uno de los intelectuales de mayor solidez en la historia venezolana, a la par de Valentín Espinal, Cecilio Acosta y Fermín Toro, entre otros. Sin exagerar, su discurso del 27 de octubre de 1868, pronunciado en el Colegio del Estado Guayana, contiene la mejor evaluación de la educación venezolana del siglo XIX que se haya escrito en su momento y propone además una innovadora reforma a la instrucción pública, descentralizada, contextualizada y con miras al progreso material y espiritual de la nación:
“Es necesario instruir y educar desde su más tierna edad a los futuros ciudadanos, a fin de que conozcan sus deberes, comprendan sus derechos y sepan hacer uso de su actividad física, moral e intelectual, en provecho propio, en bien de sus semejantes, en honra y progreso de su país. La primera condición para el recto ejercicio de la soberanía en el ciudadano, es la inteligencia, la conciencia de los deberes y de los derechos en el individuo. Es preciso primero saber ser hombres para saber después ser ciudadanos. No puede aspirar justamente al mando y dirección de la sociedad, al gobierno de los demás, quien no sabe gobernarse a sí mismo”.
Ramón Isidro Montes llevó registro de los últimos 23 años de su vida en un diario, en el cual, día tras día, anotaba las impresiones cotidianas y variadas reflexiones sobre el acontecer político, cultural, económico y social de la Venezuela de la segunda mitad del ochocientos. Este diario, conformado por 45 cuadernos que inician el 2 de febrero de 1866 y finalizan el 26 de mayo de 1889, 14 días antes de su muerte, contiene varios datos que pueden darnos una imagen sobre su mentalidad y sobre la vida cotidiana de la Ciudad Bolívar de aquel entonces.
No creo que haya mejor homenaje y recuerdo a su memoria que emprender la labor de edición de sus diarios, para que las palabras, las ideas y la visión de mundo de este guayanés que tanto hizo por el estado Bolívar siga perdurando en la memoria de sus coterráneos, cual lumbre perenne.

05 diciembre, 2013

Para una historia literaria del estado Bolívar


Cuando pienso en la pertinencia y tino de categorías y nociones empleadas en los estudios literarios, me da por recordar la vieja polémica planteada hace algunos años por el Padre Pedro Pablo Barnola acerca de la primera novela venezolana. Decía el eminente crítico y estudioso de la lengua que “Zárate” (1882), de Eduardo Blanco, debía ser considerada como la obra que inaugura la novelística en nuestro país, y no “Los Mártires” (1842), de Fermín Toro, pues este era un relato ambientado en la Inglaterra de mediados del siglo XIX y aquella, “Zárate”, representaba temas, ambientes y personajes nacionales. A pesar de que las dos obras fueron escritas por venezolanos, Barnola hacía énfasis en el contenido para identificar la adscripción de nacionalidad. ¿Es literatura venezolana sólo la que habla de nuestro territorio, la que es hecha por venezolanos o la que es producida dentro de las fronteras de nuestro país? Con tales argumentos podríamos incluir a “El soberbio Orinoco” del francés Julio Verne o “Los pasos perdidos” del cubano Alejo Carpentier como parte de nuestro haber cultural y, por el contrario, tomar como literatura extranjera a “La tienda de muñecos” del larense Julio Garmendia porque fue redactada fuera de nuestro país y además porque no representa nuestro clima ni costumbres. Este tipo de enredos ocurre cuando nos empeñamos en adosarle adjetivos a la literatura: venezolana, vanguardista, decimonónica, femenina... Categorías estas de “nación”, “ideología”, “historia” y “género” que debido al resquebrajamiento de la postmodernidad terminaron siendo nociones huecas sin utilidad ni sentido.
“Región” fue otra víctima de la crisis de fundamentos y en el caso de las “literaturas regionales” no ha sido distinta la situación de incertidumbre. Empañadas por los supuestos brillos y oropeles de la capital, los estudios sobre literatura regional no han logrado pasar de ser curiosidad de cronistas y faena de inconformes que ven en el canon cultural venezolano una incompleta lista de obras y autores, reduciéndose su labor a simple réplica al discurso excluyente del poder o como apéndice a la lista canónica.
A pesar de ello, algunas tentativas por historiar la literatura del estado Bolívar han visto luz en nuestros predios. Uno de los primeros fue el realizado por José Manuel Agosto Méndez en 1936 con un ensayo titulado “Letras vernáculas”, en el cual se propuso, según dice él mismo en el subtítulo de la obra, una “rápida ojeada sobre la literatura en Bolívar, los prosadores, los poetas, la mujer guayanesa escritora, periodismo y centros literarios, recitales poéticos” y culmina con una pregunta nada sencilla a la cual intenta dar respuesta: “¿ha contribuido la literatura regional al esplendor de la venezolana?”.
Aunque no llega a ser propiamente una historia, “Letras vernáculas” de Agosto Méndez sirve de peldaño para otear el pasado de nuestra literatura y además, con sus ausencias y olvidos, permite imaginar hoy día una posible y necesaria historia de la literatura del estado Bolívar, acorde con las nuevas perspectivas de la ciencia histórica y de los estudios literarios, que trascienda la vapuleada noción de “región” y cuyas pautas generales podrían estar señaladas por los siguientes criterios:

  • Para emprender una historia de la literatura del estado Bolívar debe concebirse lo literario como un fenómeno cultural imbricado por múltiples factores, por infinidad de signos y territorios. Debe percibir, dentro del límite de los discursos estéticos y lúdicos, todo el espesor, todas las voces, todos los pliegues que hacen de la imaginación llevada a palabra (oral o escrita) una práctica social.
  • Una historia de la literatura del estado Bolívar no debe aducir generaciones ni movimientos ni convertirse en una farragosa lista de autores, fechas y obras. Por el contrario, la historia debe visibilizar la diversidad literaria, cuyas manifestaciones escritas y orales deben tener cabida en sus páginas. ¿Dónde están las historias literarias que muestran los cambios y evoluciones y que ciernen géneros acerca de la producción literaria de las variadas lenguas indígenas? ¿Dónde las historias que registran las tradiciones populares, los chistes, los grafitis y las décimas y calipsos, por nombrar sólo algunas manifestaciones que podrían ser consideradas como literatura?
  • Una historia de la literatura del estado Bolívar debe exhibir un criterio histórico dinámico, con el cual pueda percibirse el sentido activo de las expresiones literarias, sus matices y su espesor, relacionando la obra literaria con su contexto, sí, pero no encerrando el fenómeno literario en la única época de su creación, corriendo el riesgo del reduccionismo o taxidermia cultural. Esta falsa idea de las historias literarias de ver las obras como signos anclados a su contexto, incapaces de trascender en el tiempo y que hace invisible, por ejemplo, las lecturas e influencias de una novela como Doña Bárbara en las generaciones posteriores, son un síntoma de la perenne ausencia del lector en el desarrollo de la historiografía.
  • Una historia de la literatura bolivarense debe saberse presa de las concepciones de la periodización, pues es imposible una historia sin la mediación de marcos cronológicos sistematizables; la cronología es condición ineludible para la existencia de la historia. Sin embargo, la periodización de una historia literaria debe partir, aunque suene a verdad de Perogrullo, de los signos ofrecidos por el hecho literario mismo. Una propuesta de periodización debe ir al ritmo que brinden las obras, no que las obras sean las que deban adaptarse, cual cama de Procusto, a la medida de los periodos previamente establecidos.

Realmente merecemos una historia de la literatura del estado Bolívar que sea espejo de nuestros sueños y angustias, de nuestros cantos y diatribas, para poder afirmar, como lo hizo José Manuel Agosto Méndez, que “entonces sí se habrá escrito con legítima propiedad la Historia de nuestras Bellas Letras”. Una ingente y necesaria tarea por realizar.

08 agosto, 2013

Sin poesía no hay ciudad


Estamos acostumbrados a ver en las paredes de la ciudad mensajes políticos, de desengaño amoroso, denuncias y hasta ofertas de empleo; ahora parece que la poesía también busca acomodo entre esos ladrillos manchados de aerosol. En algunos puntos de la ciudad han comenzado a aparecer grafitis inusuales, de frases literarias que exaltan el amor y el optimismo, hechos con letra negra sobre fondo blanco, y que nos convierten inesperadamente en lectores de poesía mientras aguardamos a que el semáforo ofrezca su cambio de luz. Descubro que esta iniciativa llamada “Movimiento de Acción Poética”, surgida en México en 1996 y que se ha extendido por toda Latinoamérica con su lema “sin poesía no hay ciudad”, busca hacer del arte un bien público, adornando las paredes de la ciudad con grafitis de contenido literario.
Mucho se ha dicho que en Guayana no es posible que prenda la poesía por ser este un territorio de empresas, comercio y hormigón, pero ello no es excusa pues en la literatura universal existen variados ejemplos de una poesía de la fábrica, de la máquina, del obrero. Bastaría mencionar a Bertolt Brecht, a los futuristas, a Víctor Jara cantándole a Manuel mientras salía para siempre de la fábrica... El auge industrial no es motivo para limitar la actividad poética, sofocada en realidad por otras causas como la escasa educación, la baja oferta cultural y el uso inadecuado del ocio. Por ello, no hay ciudades ideales para el poeta. Indistintamente, cualquier urbe sirve para buscar la belleza escondida entre sus pliegues de asfalto. Hasta en el mismo Infierno pueden existir poetas, y Dante lo sabía pues bajó guiado por uno, el laureado Virgilio. Guayana, Cielo para unos, Infierno para otros, puede albergar poetas, y lo hace. Donde exista un grupo de seres humanos, ahí nunca faltará la poesía.


En nuestra ciudad se han hecho continuas actividades en procura del incentivo por la lectura y la escritura de la poesía. Se han organizado recitales, concursos, pero la idea que siempre queda en el ambiente es que es una actividad de pocos. Para “masificar” la participación quizás deba pensarse en llevar la poesía a nuevos contextos, como los centros comerciales, el mercado, las paradas de autobuses, las perreras, los ambulatorios, las colas para adquirir algún producto, los hospitales, las vallas. Despojar a la poesía de su solemnidad de “salas de arte” y hacerla más cotidiana, más parte de la vida. Convertirla en grafiti, de ser posible. Sí, en grafiti, pues la poesía, desde que nació frente a la fogata del recién formado Homo sapiens, ha recurrido a variados formatos como el chasquido, el trabalenguas, el canto, la danza, la música, el video y las redes sociales para poder transmitir sus sonidos e ideas.
El grafiti, cuyas manifestaciones más longevas proceden de la antigua Grecia y Roma, es hoy instrumento de contracultura que logra satisfacer la necesidad de decir algo a alguien. Quizás lo que nos causa desajustes al ver un “grafiti poema” es el darnos cuenta de que la literatura no es solo práctica de papel y tinta, reservada para pocos, y que en cambio puede aparecer en cualquier vuelta de esquina; o para decirlo en palabras de Jesús Martín-Barbero, tomadas de su libro “La educación desde la comunicación”, la literatura y el saber en general han sufrido descentramientos y deslocalizaciones que han hecho del mundo un lugar de aprendizajes y encuentros, ya no reservado a la escuela, al museo o a la biblioteca.
La poética de una posible “literatura grafiti” tendría que señalar las características de la brevedad y la mordacidad, propios de la práctica escrituraria del grafiti, y además registrar la sorpresa y el asombro con la relación de temas u objetos contrarios, como querían los simbolistas y surrealistas. La “literatura grafiti” es una práctica literaria influenciada además por la brevedad de las redes sociales, del mensaje de texto, y de la velocidad de consumo a la que está situado el lector contemporáneo.
Sí, en mi opinión estos grafitis pueden ser considerados como literatura y quizás pronto veamos algunas antologías de sus manifestaciones.

05 agosto, 2013

Mirla Alcibíades o la pasión por el archivo

La primera vez que oí acerca de Mirla Alcibíades fue durante mis años de estudiante de Letras, a mediados de la década de los noventa, mientras hojeaba una vieja revista cultural. En las páginas de aquella publicación me topé con un artículo de su autoría que me cautivó inmediatamente por la sencillez con la cual estaba escrito y a la vez por la profundidad de sus ideas, por la profusión de datos y por los novedosos argumentos que ofrecía para entender nuestro pasado. Desde ese instante, y hasta el día de hoy, el nombre de Mirla Alcibíades me acompaña como una de las figuras imprescindibles en las tareas de investigación literaria.
La bibliografía de Mirla Alcibíades, amplia en su temática y enmarcada cronológicamente en el estudio del ochocientos venezolano, poco a poco iba llegando a mis manos y con cada uno de sus libros se afianzaba la idea que tenía de ella como una investigadora sobrenatural, con una capacidad prodigiosa, conocedora de cada uno de los periódicos, revistas y libros editados en la Venezuela decimonónica, como si fuera la depositaria de algún secreto que le permitiera pasar mañana, tarde y noche en los archivos del país sin cansancio alguno. Libros como “Publicidad, comercialización y proyecto editorial de la empresa de cigarrillos El Cojo” (1997), “La heroica aventura de construir una república” (2004), “Manuel Antonio Carreño” (2005), Periodismo y literatura en Concepción Acevedo de Tailhardat” (2006), “Ensayos y polémicas literarias venezolanas” (2007), “Carlos Brandt” (2010), “Andrés Bello en Caracas” (2013), entre otros, son una esplendorosa muestra, sin contar los variados artículos y ponencias, que evidencia el infatigable quehacer intelectual de Mirla Alcibíades.
En cualquiera de sus libros podemos desentrañar la práctica investigativa de Mirla Alcibíades, caracterizada por el uso preciso de citas, el no afirmar nada, ni fecha, lugar de edición o autoría que no haya sido antes verificada y además señalar temas y problemas de los estudios literarios que no han sido abordados en nuestro país. ¿Ejemplos?: algunos investigadores afirman que la literatura infantil no tuvo aparición y desarrollo en Venezuela sino a finales del siglo XIX y Mirla Alcibíades, con evidencias en mano, lo desmiente y dice que ya a mediados del siglo XIX existía la preocupación por el niño en la literatura, con Amenodoro Urdaneta. Otros afirman que la revista “La Guirnalda”, de 1839, tuvo por director a José Luis Ramos, información que se repite sin la constatación física, y resulta que en realidad su director fue el cubano José Quintín Suzarte, dato hallado con solo echar un vistazo a la revista. Aunque parezca sentido común, Mirla Alcibíades nos recuerda que la investigación debe sustentarse en argumentos corroborables y no caer nunca en la repetición acrítica.
En cada uno de sus libros propone un conjunto de posibles temas de investigación que aún esperan por su realización en las Escuelas de Letras o centros de investigación del país: señala territorios vírgenes de nuestros estudios literarios, corrige fronteras, reubica hitos; por ello, gusto de imaginar a Mirla Alcibíades como nuestra cartógrafa de la literatura venezolana.
Mirla Alcibíades ha seguido la tradición de Agustín Millares Carlo, Pedro Grases, Ildefonso Leal, Blas Bruni Celli, entre otros, para quienes el archivo no es letra muerta ni depósito de desperdicios inútiles sino lugar de la memoria, fecunda cantera que resguarda lo que fuimos, somos y seremos.
Mirla Alcibíades, ejemplo de la pasión por el archivo, debe ser lectura habitual en las escuelas de Letras del país y en las universidades en general, para que sirva de guía en el largo trabajo por formar investigadores de nuestra cultura.