11 abril, 2013

El CIELA y sus quehaceres



Aunque así lo piense la mayoría, un profesor universitario no se dedica sólo a “dar clases”. En realidad, son tres las funciones que ejerce y están expresadas en las actividades de docencia, extensión e investigación que todo universitario debe cultivar. Un profesor universitario debe crear nuevos saberes (investigación), para luego difundirlos tanto dentro de la universidad (docencia) como fuera de ella (extensión). Así lo han entendido desde el Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes (CIELA), conformado por los profesores Jatniel Villarroel, Carlos Espinoza, Fabiola Mendoza, Álvaro Molina, Roger Vilain, Carmen Rodríguez y Diego Rojas Ajmad, quienes adelantan varios proyectos que logran complementar la labor de formación en el área de las humanidades.
Entre los proyectos de investigación que se han realizado en el CIELA, podemos mencionar los referidos a la literatura infantil, a la representación de la violencia en el arte guayacitano, a las relaciones entre las formas de la ciudad y las prácticas ciudadanas, a las tradiciones y folclore de los pueblos del estado Bolívar, a las revistas “válvula” (1928) y “Horizontes” (1899-1914) y a la concepción ética en el trabajo periodístico de Jesús Sanoja Hernández. Existen otros proyectos de investigación que están en vías de aprobación, lo cual aumentará la temática de los trabajos emprendidos.
En cuanto a los proyectos de extensión, el CIELA ha desarrollado variadas actividades que han permitido propagar entre la comunidad el saber generado. Entre ellos, podemos mencionar el programa de radio “Cultura Sónica. Lo que entra por un oído ahí queda”, difundido los miércoles de 4 a 5 de la tarde por radio Pentagrama 107.3 FM y el cual lleva ya más de dos años al aire con una variada oferta de discusiones sobre historia, literatura, filosofía, tradiciones, entre otros. Además, el CIELA realiza micros radiales sobre la historia de Guayana llamados “Relatos del sur. Un acercamiento a la cultura guayanesa”, difundidos diariamente por la misma 107.3 FM. Eso es en el ámbito radial, pero en la actividad de extensión que se realiza “cara a cara” el CIELA ha organizado desde hace varios años foros denominados “Sancochos culturales”, los cuales consisten en la reflexión pública de especialistas acerca de diversos temas sobre las ciencias sociales y humanísticas. Adicionalmente, el CIELA ha intentado fomentar la lectura con la organización de “La Fiesta del Libro”, en la cual se realizan charlas, cine foros y se pone a disposición de la comunidad universitaria y guayacitana en general libros a precios asequibles, ayudando así a los libreros de textos usados que existen en la ciudad; también la extensión cara a cara se ha realizado con variadas ponencias en eventos regionales, nacionales e internacionales. La extensión puede realizarse no solo a través de la radio o con actividades presenciales, también las publicaciones son consideradas como una forma de llevar la Universidad a otros ámbitos geográficos. Así, el CIELA ha publicado varios libros, como la reedición facsimilar de la revista “válvula”, primera revista de la vanguardia venezolana publicada en 1928, o la colección “Pensar la Ciudad”, que ha elaborado hasta el momento dos títulos sobre la historia de Ciudad Guayana y Upata, esperando que la colección continúe hasta que abarque la mayor parte de los pueblos del estado Bolívar y se conviertan así estos libros en una enciclopedia histórico-cultural de nuestra región. También el CIELA publica anualmente su “Boletín”, del cual se han elaborado ya cinco números que exhiben una muestra de los adelantos de la investigación realizada en el centro. Por último, el CIELA publica semanalmente la página cultural “La Casa Flotante”, que aparece los lunes por el diario “Primicia”. Todas estas actividades de extensión hacen que la investigación generada en el CIELA trascienda los muros de la universidad.
El Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes fue creado el 29 de junio de 2005 y es heredero de los intentos iniciales emprendidos por Milagros Mata Gil, Juan Guerrero y Néstor Rojas por hacer de la Universidad Nacional Experimental de Guayana un verdadero universo que integrara todos los ámbitos del saber y no desarrollara solo los atinentes a la profesionalización técnica. Ellos propiciaron en 1995 la creación del primer centro dedicado a las humanidades de la UNEG, llamado “Centro de Estudios Literarios” (CEL), germen del actual CIELA.
Hoy día, luego de ocho años de existencia, los quehaceres de investigación y extensión del CIELA quieren seguir creciendo en calidad y cantidad, procurando contribuir con la tarea de la Universidad de Guayana en ser una verdadera luz que logre salir de sus muros.


16 marzo, 2013

La cultura es una flor carnívora



No por casualidad se entra y se sale del cine por puertas distintas... 
Uno llega a la sala de proyección atravesando la amplia y colorida entrada de dulces y cotufas, con las expectativas y emociones semejantes a las de un entretenido viaje, y se termina abandonando el lugar, horas después, por una estrecha y oscura puerta que nos arroja de nuevo a la insípida realidad, dejándonos en medio de la noche con las pupilas como platos soperos, cuales gatos encandilados. Los que salimos no somos los mismos que habíamos entrado. Una mágica transformación nos convirtió en otros seres que ahora sienten el mundo de manera distinta: vimos en la pantalla a un superhéroe y nos interrogamos acerca de nuestros límites; vimos una historia de amor y pensamos sobre nuestras relaciones; vimos una película de guerra y nos asalta el sinsentido de la existencia y la violencia. Ese es el efecto perturbador del arte que trueca nuestra inocente e ignorante felicidad en angustiosa conciencia. Visto así, el arte, la cultura en general, no es un placer como muchos dicen sino una necesaria tortura que nos humaniza. Por eso son puertas distintas las que nos dan acceso y salida al cine: la puerta ancha, la de entrada, nos invita y atrae con sus chucherías; la angosta, la de salida, nos expele como fetos recién paridos a lidiar en un mundo que se siente ajeno. Parábola del camino fácil y el camino difícil.
En realidad, de eso se trata todo arte: de atraernos con su inocencia de flor carnívora para que, mientras descansamos en sus pétalos, terminemos siendo presas de nuestras propias reflexiones. El arte, todo verdadero arte, nos cambia, nos convierte en incómodos seres críticos, conscientes del mundo, con sus matices y diferencias. El cine, el teatro, la literatura, la música, la cultura en general, no son simples maneras accesorias de la conducta, sino manifestaciones de lo propiamente humano.
Más que pensar, hacer o hablar (homo sapiens, homo faber u homo loquens), el ser humano se define y se distancia de otras especies por su capacidad para pensarse y crear día a día los espejos que ayudan en esa autorreflexión. Para ello, la cultura es el mejor espejo, pues en sus formas e intuiciones se plasman la historia, los sueños y angustias de las sociedades.
No por casualidad se abre y se cierra un libro con manos distintas...


14 febrero, 2013

El hombre papel



Desde que el papel hizo aparición en el mundo, su relación con el ser humano ha pasado de la maravilla y el asombro, del mágico invento que preserva la memoria, hasta ser el anticuado objeto que las nuevas "tablets" y "ipads" ven con desdén.

Un pedazo de papel puede convertirse en un gran tesoro para el hombre tras las rejas del cautiverio o para el enamorado que, tras días de ausencia, desconoce las nuevas vicisitudes de su amada.

Un pedazo de papel puede también ser nefasto mensajero de desdichas.

En todo caso, el papel nos ha hecho a su imagen y semejanza pues, en la fragilidad de su ser y en la eternidad de su presencia, podemos vernos como el ser contradictorio que somos.

Quizás del papel venimos y hacia el papel vamos.

Poema de las especias



Aquel frasco de pimienta me hace recordar
las travesías de Marco Polo
y sus largos viajes para apropiarse
de olores y sabores inasibles.

Lecciones de historia y geografía 
desdibujadas en el anaquel
que conducen a tu cuerpo,
pues el amor es asunto 
de hacer memoria 
de olvidados perfumes.

Orégano, romero, clavo, laurel,
tomillo, canela y ese frasco de pimienta…
ya no son nada sino tu piel
emanando la esencia perfecta
que fue buscada por largos caminos: 
de Asia a Europa
de Europa a América.

Me habitas con tus olores
y en ese instante solo me da por recordar
al mercader veneciano
y los aromas que nunca llegó a conocer
por preferir el viaje y la incertidumbre
a la serenidad de compartir con la mujer amada.

07 febrero, 2013

El río nuestro de todos los días



La comparación siempre ha sido un valioso recurso para el conocimiento. Al comparar nos damos cuenta de lo que tenemos, de lo que nos hace falta, de lo que es y podría ser. Si echamos mano de la comparación para conocer más a nuestro río Orinoco, quizás logremos ver en él lo que aún no hemos visto:

  • El río Orinoco tiene un caudal de 33 mil litros de agua cada segundo, cantidad suficiente para que toda la población de El Palmar, de más de 15.000 habitantes, tenga para beber durante un día.
  • El punto más profundo de nuestro río alcanza a medir 160 metros, equivalente a la altura de la Torre Banco Provincial, ubicada en Caracas, o dos veces la altura de la Torre Alférez, ubicada en Altavista, Ciudad Guayana.
  • En promedio, 45 mil toneladas de peces al año podría ofrecernos el Orinoco para nuestro consumo, que es el peso, poco más poco menos, del tercer puente sobre el río Orinoco, ubicado en Caicara.

Dejemos de estar de espaldas al río y hagámoslo parte de nuestra vida diaria.

28 enero, 2013

Memorias de Salvador Garmendia

Deambulando por la red llegué al programa colombiano "Palabra Mayor", dirigido por R. H. Moreno Durán, en el cual muestran la trayectoria de nuestro inolvidable Salvador Garmendia. Grabado en 1992, cuando el escritor barquisimetano contaba con 64 años, este video nos recuerda el equilibrio que Salvador Garmendia supo mantener entre la pasión por los libros y por la vida; pasión esta que supo llevar a sus páginas.
Siempre hay que regresar a nuestros clásicos y Salvador Garmendia es uno de ellos.


11 diciembre, 2012

Las ciudades, esos libros de piedra


Imagen: "Ciudad de libros". Claudia García Pérez.


De todas las cosas que pudieran parecerse a un libro, son las ciudades, las amadas y odiadas urbes, las que logran una mayor semejanza. Una ciudad, al igual que un libro, puede leerse en la variedad de voces que transitan por sus calles, páginas de asfalto abiertas a los ojos de los que estén dispuestos a traducir sus pliegues. Libro y ciudad, ambos, son proyectos de cultura, objetos engarzados por valores y sueños que nunca terminan de leerse ni hacerse. Ya bien lo había dicho Claude Lévi-Strauss: “Es lícito comparar, y no de manera metafórica, una ciudad con una sinfonía o un poema; son objetos de la misma naturaleza. Posiblemente más preciosa aún, la ciudad se sitúa en la confluencia de la naturaleza y del artificio. Es a la vez objeto de naturaleza y sujeto de cultura; individuo y grupo; vivida y soñada; la cosa humana por excelencia”.
Una ciudad no es sólo un conjunto de personas que abandonaron la actividad agropecuaria, que se aglomeraron conformando densas zonas pobladas de edificios para vivir una rutina despersonalizada y acelerada; una ciudad es eso, pero es más: una ciudad es también una comunidad que comparte imaginarios. Sin relatos comunes, sin fábulas, no puede existir la ciudad. Y allí se nos muestra uno de los vínculos esenciales entre la ciudad y la literatura: ambas son pivotes de valores y sueños.
En ocasiones la ciudad se nos hace esquiva, nos aburre cual insípida Scherezada que narra con fastidio y desánimo un lugar que ya nada tiene que mostrarnos. Sin embargo, cuando eso ocurre, la literatura se hace presente para ofrecernos, cual caleidoscopio, las perspectivas esenciales y ocultas de la urbe. La ciudad es un fenómeno estético hecho de formas, colores, sonidos y olores, que el lenguaje literario se encarga de conjugar en sinestesias reveladoras; por ello la literatura, en muchas ocasiones, es la mejor guía para conocer una metrópoli. Es tan intensa y vívida la mirada escrutadora de la literatura sobre la ciudad que, sin exagerar, es posible conocer primero una urbe a través de las páginas de una obra literaria que con el mismísimo testimonio del turista. La Buenos Aires de Sábato, el Londres de Dickens, la Dublín de Joyce o la Estambul de Pamuk, por nombrar algunos ejemplos, son las tarjetas postales más fidedignas que pueden hallarse de esos lugares.
La literatura ha mostrado a la ciudad desde la visión maniqueísta del bien y el mal: por un lado, la ciudad amable, paradisíaca, en la que habita el bienestar y el progreso; por otro lado, la ciudad Infierno, invivible, en la que reside todo mal y en donde es imposible el compartir. En estos dos discursos de representación de la ciudad, son escasos los ejemplos de la ciudad Paraíso. Tal vez un Whitman celebrando a Nueva York, o parte de la literatura influenciada por el Positivismo, cuya idea de la ciudad como sede de la razón, el orden y el progreso alimentó a los decimonónicos imaginarios de las ciudades latinoamericanas, basten para señalar sus obras representativas. Sin embargo, del lado de los discursos literarios que representan a las ciudades Infierno, es amplia la lista y hasta pudiera decirse que el escritor gusta de la moraleja de la antigua fábula de Esopo, “Ratón de campo y ratón de ciudad”, en la cual se afirma, con desdén hacia la urbe: “más vale una vida modesta en paz y sosiego que todo el lujo del mundo con peligros y preocupaciones”.
En el caso de la literatura venezolana, los escritores parecen haber estado del lado del ratón de campo y han seguido el discurso crítico hacia las urbes. Desde “Todo un pueblo” (1899) de Miguel Eduardo Pardo, pasando por “Los alegres desahuciados” (1948) de Andrés Mariño Palacio, “Los pequeños seres” (1959) de Salvador Garmendia, “Asfalto-Infierno” (1963) de Adriano González León, hasta “Nocturama” (2006) de Ana Teresa Torres o “Caracas muerde” (2012) de Héctor Torres, la visión de la ciudad Infierno ha estado privilegiada como la manifestación de una constante sociabilidad patológica, en la cual la urbe, lugar que nos hace mal, nos incita al mismo tiempo a permanecer en ella.
Las ciudades, esos libros de piedra, como habría dicho Víctor Hugo, nos invitan a leernos en sus calles. Para habitar una ciudad se requiere de cemento y asfalto; la ciudad requiere de cantos y metáforas para habitarnos y tatuar sus planos en nuestra alma.

22 octubre, 2012

Escritores deslenguados



De mi niñez recuerdo claramente las duras reprimendas de la maestra de sexto grado, ásperos regaños que afloraban cuando alguno de nosotros se atrevía a pronunciar una grosería. A pesar de conocer el castigo que nos aguardaba, las malas palabras salían como trino desafiante, como inocente acto de rebeldía que nos hacía sentir fuera de todo control y norma, cual heroicos renegados dando mazazos a la arcillosa esfinge del poder. Sin embargo, siempre era breve la aventura de los incorrectos superhéroes, pues todo acababa con la oportuna mirada y el grito de kriptonita de la maestra.
La grosería, la mala palabra, la voz disonante, el hablar sin pelos en la lengua siempre han pertenecido a los bajos mundos de la trasgresión, de la locura, del maleficio, de la catarsis, del pecado capital y del “enjuágate esa boca con jabón que si no se te caerán los dientes”. En todos los idiomas, y desde que el peludo ser de las cavernas empuñó palos y piedras y articuló algunas voces, ha existido ese grupo de palabras censuradas que le sirven de puñetazo y ofensa ante el otro.
Aunque para algunos resulte paradójico, la grosería ha encontrado refugio en la literatura, y ésta a su vez ha echado mano del lenguaje soez y la imagen hiperbólica para expresar sus verdades. Desde la Modernidad, cuando se quebró el pacto entre la belleza y el arte, lo grotesco exhibió sus irregularidades e imperfecciones como algo digno de elogio. Don Quijote, Gargantúa, Pantagruel, Quasimodo, Frankenstein, Drácula, desprovistos de las cualidades de la razón, el orden y la estética, ocuparon el puesto de los apolíneos héroes épicos.
En la literatura venezolana el desparpajo ha tenido presencia en deslenguados como José Ignacio Cabrujas, Carlos Yusti, Argenis Rodríguez, Pedro María Patrizzi, Rodolfo Santana, Denzil Romero, Salvador Garmendia, entre otros, para quienes la palabra es ser vivo, ajena a toda atadura y academicismo, más que nota a pie de página sacada de un vetusto diccionario.
Calumniada por la Iglesia, censurada por la Escuela y reprimida por la familia, la grosería es una verdad sin adornos ni maquillajes que nos recuerda el existencial dilema ético entre el mal decir o el no decir nada. Las malas palabras, aunque sean altisonantes, serán siempre la válvula de escape de lo que hay que decir con urgencia.
Malas palabras, en definitiva, son las que no conducen a la verdad. Y eso, desde siempre, lo han sabido nuestros escritores deslenguados.