08 agosto, 2013

Sin poesía no hay ciudad


Estamos acostumbrados a ver en las paredes de la ciudad mensajes políticos, de desengaño amoroso, denuncias y hasta ofertas de empleo; ahora parece que la poesía también busca acomodo entre esos ladrillos manchados de aerosol. En algunos puntos de la ciudad han comenzado a aparecer grafitis inusuales, de frases literarias que exaltan el amor y el optimismo, hechos con letra negra sobre fondo blanco, y que nos convierten inesperadamente en lectores de poesía mientras aguardamos a que el semáforo ofrezca su cambio de luz. Descubro que esta iniciativa llamada “Movimiento de Acción Poética”, surgida en México en 1996 y que se ha extendido por toda Latinoamérica con su lema “sin poesía no hay ciudad”, busca hacer del arte un bien público, adornando las paredes de la ciudad con grafitis de contenido literario.
Mucho se ha dicho que en Guayana no es posible que prenda la poesía por ser este un territorio de empresas, comercio y hormigón, pero ello no es excusa pues en la literatura universal existen variados ejemplos de una poesía de la fábrica, de la máquina, del obrero. Bastaría mencionar a Bertolt Brecht, a los futuristas, a Víctor Jara cantándole a Manuel mientras salía para siempre de la fábrica... El auge industrial no es motivo para limitar la actividad poética, sofocada en realidad por otras causas como la escasa educación, la baja oferta cultural y el uso inadecuado del ocio. Por ello, no hay ciudades ideales para el poeta. Indistintamente, cualquier urbe sirve para buscar la belleza escondida entre sus pliegues de asfalto. Hasta en el mismo Infierno pueden existir poetas, y Dante lo sabía pues bajó guiado por uno, el laureado Virgilio. Guayana, Cielo para unos, Infierno para otros, puede albergar poetas, y lo hace. Donde exista un grupo de seres humanos, ahí nunca faltará la poesía.


En nuestra ciudad se han hecho continuas actividades en procura del incentivo por la lectura y la escritura de la poesía. Se han organizado recitales, concursos, pero la idea que siempre queda en el ambiente es que es una actividad de pocos. Para “masificar” la participación quizás deba pensarse en llevar la poesía a nuevos contextos, como los centros comerciales, el mercado, las paradas de autobuses, las perreras, los ambulatorios, las colas para adquirir algún producto, los hospitales, las vallas. Despojar a la poesía de su solemnidad de “salas de arte” y hacerla más cotidiana, más parte de la vida. Convertirla en grafiti, de ser posible. Sí, en grafiti, pues la poesía, desde que nació frente a la fogata del recién formado Homo sapiens, ha recurrido a variados formatos como el chasquido, el trabalenguas, el canto, la danza, la música, el video y las redes sociales para poder transmitir sus sonidos e ideas.
El grafiti, cuyas manifestaciones más longevas proceden de la antigua Grecia y Roma, es hoy instrumento de contracultura que logra satisfacer la necesidad de decir algo a alguien. Quizás lo que nos causa desajustes al ver un “grafiti poema” es el darnos cuenta de que la literatura no es solo práctica de papel y tinta, reservada para pocos, y que en cambio puede aparecer en cualquier vuelta de esquina; o para decirlo en palabras de Jesús Martín-Barbero, tomadas de su libro “La educación desde la comunicación”, la literatura y el saber en general han sufrido descentramientos y deslocalizaciones que han hecho del mundo un lugar de aprendizajes y encuentros, ya no reservado a la escuela, al museo o a la biblioteca.
La poética de una posible “literatura grafiti” tendría que señalar las características de la brevedad y la mordacidad, propios de la práctica escrituraria del grafiti, y además registrar la sorpresa y el asombro con la relación de temas u objetos contrarios, como querían los simbolistas y surrealistas. La “literatura grafiti” es una práctica literaria influenciada además por la brevedad de las redes sociales, del mensaje de texto, y de la velocidad de consumo a la que está situado el lector contemporáneo.
Sí, en mi opinión estos grafitis pueden ser considerados como literatura y quizás pronto veamos algunas antologías de sus manifestaciones.

05 agosto, 2013

Mirla Alcibíades o la pasión por el archivo

La primera vez que oí acerca de Mirla Alcibíades fue durante mis años de estudiante de Letras, a mediados de la década de los noventa, mientras hojeaba una vieja revista cultural. En las páginas de aquella publicación me topé con un artículo de su autoría que me cautivó inmediatamente por la sencillez con la cual estaba escrito y a la vez por la profundidad de sus ideas, por la profusión de datos y por los novedosos argumentos que ofrecía para entender nuestro pasado. Desde ese instante, y hasta el día de hoy, el nombre de Mirla Alcibíades me acompaña como una de las figuras imprescindibles en las tareas de investigación literaria.
La bibliografía de Mirla Alcibíades, amplia en su temática y enmarcada cronológicamente en el estudio del ochocientos venezolano, poco a poco iba llegando a mis manos y con cada uno de sus libros se afianzaba la idea que tenía de ella como una investigadora sobrenatural, con una capacidad prodigiosa, conocedora de cada uno de los periódicos, revistas y libros editados en la Venezuela decimonónica, como si fuera la depositaria de algún secreto que le permitiera pasar mañana, tarde y noche en los archivos del país sin cansancio alguno. Libros como “Publicidad, comercialización y proyecto editorial de la empresa de cigarrillos El Cojo” (1997), “La heroica aventura de construir una república” (2004), “Manuel Antonio Carreño” (2005), “Periodismo y literatura en Concepción Acevedo de Tailhardat” (2006), “Ensayos y polémicas literarias venezolanas” (2007), “Carlos Brandt” (2010), “Andrés Bello en Caracas” (2013), entre otros, son una esplendorosa muestra, sin contar los variados artículos y ponencias, que evidencia el infatigable quehacer intelectual de Mirla Alcibíades.
En cualquiera de sus libros podemos desentrañar la práctica investigativa de Mirla Alcibíades, caracterizada por el uso preciso de citas, el no afirmar nada, ni fecha, lugar de edición o autoría que no haya sido antes verificada y además señalar temas y problemas de los estudios literarios que no han sido abordados en nuestro país. ¿Ejemplos?: algunos investigadores afirman que la literatura infantil no tuvo aparición y desarrollo en Venezuela sino a finales del siglo XIX y Mirla Alcibíades, con evidencias en mano, lo desmiente y dice que ya a mediados del siglo XIX existía la preocupación por el niño en la literatura, con Amenodoro Urdaneta. Otros afirman que la revista “La Guirnalda”, de 1839, tuvo por director a José Luis Ramos, información que se repite sin la constatación física, y resulta que en realidad su director fue el cubano José Quintín Suzarte, dato hallado con solo echar un vistazo a la revista. Aunque parezca sentido común, Mirla Alcibíades nos recuerda que la investigación debe sustentarse en argumentos corroborables y no caer nunca en la repetición acrítica.
En cada uno de sus libros propone un conjunto de posibles temas de investigación que aún esperan por su realización en las Escuelas de Letras o centros de investigación del país: señala territorios vírgenes de nuestros estudios literarios, corrige fronteras, reubica hitos; por ello, gusto de imaginar a Mirla Alcibíades como nuestra cartógrafa de la literatura venezolana.
Mirla Alcibíades ha seguido la tradición de Agustín Millares Carlo, Pedro Grases, Ildefonso Leal, Blas Bruni Celli, entre otros, para quienes el archivo no es letra muerta ni depósito de desperdicios inútiles sino lugar de la memoria, fecunda cantera que resguarda lo que fuimos, somos y seremos.
Mirla Alcibíades, ejemplo de la pasión por el archivo, debe ser lectura habitual en las escuelas de Letras del país y en las universidades en general, para que sirva de guía en el largo trabajo por formar investigadores de nuestra cultura.

11 abril, 2013

El CIELA y sus quehaceres



Aunque así lo piense la mayoría, un profesor universitario no se dedica sólo a “dar clases”. En realidad, son tres las funciones que ejerce y están expresadas en las actividades de docencia, extensión e investigación que todo universitario debe cultivar. Un profesor universitario debe crear nuevos saberes (investigación), para luego difundirlos tanto dentro de la universidad (docencia) como fuera de ella (extensión). Así lo han entendido desde el Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes (CIELA), conformado por los profesores Jatniel Villarroel, Carlos Espinoza, Fabiola Mendoza, Álvaro Molina, Roger Vilain, Carmen Rodríguez y Diego Rojas Ajmad, quienes adelantan varios proyectos que logran complementar la labor de formación en el área de las humanidades.
Entre los proyectos de investigación que se han realizado en el CIELA, podemos mencionar los referidos a la literatura infantil, a la representación de la violencia en el arte guayacitano, a las relaciones entre las formas de la ciudad y las prácticas ciudadanas, a las tradiciones y folclore de los pueblos del estado Bolívar, a las revistas “válvula” (1928) y “Horizontes” (1899-1914) y a la concepción ética en el trabajo periodístico de Jesús Sanoja Hernández. Existen otros proyectos de investigación que están en vías de aprobación, lo cual aumentará la temática de los trabajos emprendidos.
En cuanto a los proyectos de extensión, el CIELA ha desarrollado variadas actividades que han permitido propagar entre la comunidad el saber generado. Entre ellos, podemos mencionar el programa de radio “Cultura Sónica. Lo que entra por un oído ahí queda”, difundido los miércoles de 4 a 5 de la tarde por radio Pentagrama 107.3 FM y el cual lleva ya más de dos años al aire con una variada oferta de discusiones sobre historia, literatura, filosofía, tradiciones, entre otros. Además, el CIELA realiza micros radiales sobre la historia de Guayana llamados “Relatos del sur. Un acercamiento a la cultura guayanesa”, difundidos diariamente por la misma 107.3 FM. Eso es en el ámbito radial, pero en la actividad de extensión que se realiza “cara a cara” el CIELA ha organizado desde hace varios años foros denominados “Sancochos culturales”, los cuales consisten en la reflexión pública de especialistas acerca de diversos temas sobre las ciencias sociales y humanísticas. Adicionalmente, el CIELA ha intentado fomentar la lectura con la organización de “La Fiesta del Libro”, en la cual se realizan charlas, cine foros y se pone a disposición de la comunidad universitaria y guayacitana en general libros a precios asequibles, ayudando así a los libreros de textos usados que existen en la ciudad; también la extensión cara a cara se ha realizado con variadas ponencias en eventos regionales, nacionales e internacionales. La extensión puede realizarse no solo a través de la radio o con actividades presenciales, también las publicaciones son consideradas como una forma de llevar la Universidad a otros ámbitos geográficos. Así, el CIELA ha publicado varios libros, como la reedición facsimilar de la revista “válvula”, primera revista de la vanguardia venezolana publicada en 1928, o la colección “Pensar la Ciudad”, que ha elaborado hasta el momento dos títulos sobre la historia de Ciudad Guayana y Upata, esperando que la colección continúe hasta que abarque la mayor parte de los pueblos del estado Bolívar y se conviertan así estos libros en una enciclopedia histórico-cultural de nuestra región. También el CIELA publica anualmente su “Boletín”, del cual se han elaborado ya cinco números que exhiben una muestra de los adelantos de la investigación realizada en el centro. Por último, el CIELA publica semanalmente la página cultural “La Casa Flotante”, que aparece los lunes por el diario “Primicia”. Todas estas actividades de extensión hacen que la investigación generada en el CIELA trascienda los muros de la universidad.
El Centro de Investigaciones y Estudios en Literatura y Artes fue creado el 29 de junio de 2005 y es heredero de los intentos iniciales emprendidos por Milagros Mata Gil, Juan Guerrero y Néstor Rojas por hacer de la Universidad Nacional Experimental de Guayana un verdadero universo que integrara todos los ámbitos del saber y no desarrollara solo los atinentes a la profesionalización técnica. Ellos propiciaron en 1995 la creación del primer centro dedicado a las humanidades de la UNEG, llamado “Centro de Estudios Literarios” (CEL), germen del actual CIELA.
Hoy día, luego de ocho años de existencia, los quehaceres de investigación y extensión del CIELA quieren seguir creciendo en calidad y cantidad, procurando contribuir con la tarea de la Universidad de Guayana en ser una verdadera luz que logre salir de sus muros.


16 marzo, 2013

La cultura es una flor carnívora



No por casualidad se entra y se sale del cine por puertas distintas... 
Uno llega a la sala de proyección atravesando la amplia y colorida entrada de dulces y cotufas, con las expectativas y emociones semejantes a las de un entretenido viaje, y se termina abandonando el lugar, horas después, por una estrecha y oscura puerta que nos arroja de nuevo a la insípida realidad, dejándonos en medio de la noche con las pupilas como platos soperos, cuales gatos encandilados. Los que salimos no somos los mismos que habíamos entrado. Una mágica transformación nos convirtió en otros seres que ahora sienten el mundo de manera distinta: vimos en la pantalla a un superhéroe y nos interrogamos acerca de nuestros límites; vimos una historia de amor y pensamos sobre nuestras relaciones; vimos una película de guerra y nos asalta el sinsentido de la existencia y la violencia. Ese es el efecto perturbador del arte que trueca nuestra inocente e ignorante felicidad en angustiosa conciencia. Visto así, el arte, la cultura en general, no es un placer como muchos dicen sino una necesaria tortura que nos humaniza. Por eso son puertas distintas las que nos dan acceso y salida al cine: la puerta ancha, la de entrada, nos invita y atrae con sus chucherías; la angosta, la de salida, nos expele como fetos recién paridos a lidiar en un mundo que se siente ajeno. Parábola del camino fácil y el camino difícil.
En realidad, de eso se trata todo arte: de atraernos con su inocencia de flor carnívora para que, mientras descansamos en sus pétalos, terminemos siendo presas de nuestras propias reflexiones. El arte, todo verdadero arte, nos cambia, nos convierte en incómodos seres críticos, conscientes del mundo, con sus matices y diferencias. El cine, el teatro, la literatura, la música, la cultura en general, no son simples maneras accesorias de la conducta, sino manifestaciones de lo propiamente humano.
Más que pensar, hacer o hablar (homo sapiens, homo faber u homo loquens), el ser humano se define y se distancia de otras especies por su capacidad para pensarse y crear día a día los espejos que ayudan en esa autorreflexión. Para ello, la cultura es el mejor espejo, pues en sus formas e intuiciones se plasman la historia, los sueños y angustias de las sociedades.
No por casualidad se abre y se cierra un libro con manos distintas...


14 febrero, 2013

El hombre papel



Desde que el papel hizo aparición en el mundo, su relación con el ser humano ha pasado de la maravilla y el asombro, del mágico invento que preserva la memoria, hasta ser el anticuado objeto que las nuevas "tablets" y "ipads" ven con desdén.

Un pedazo de papel puede convertirse en un gran tesoro para el hombre tras las rejas del cautiverio o para el enamorado que, tras días de ausencia, desconoce las nuevas vicisitudes de su amada.

Un pedazo de papel puede también ser nefasto mensajero de desdichas.

En todo caso, el papel nos ha hecho a su imagen y semejanza pues, en la fragilidad de su ser y en la eternidad de su presencia, podemos vernos como el ser contradictorio que somos.

Quizás del papel venimos y hacia el papel vamos.

Poema de las especias



Aquel frasco de pimienta me hace recordar
las travesías de Marco Polo
y sus largos viajes para apropiarse
de olores y sabores inasibles.

Lecciones de historia y geografía 
desdibujadas en el anaquel
que conducen a tu cuerpo,
pues el amor es asunto 
de hacer memoria 
de olvidados perfumes.

Orégano, romero, clavo, laurel,
tomillo, canela y ese frasco de pimienta…
ya no son nada sino tu piel
emanando la esencia perfecta
que fue buscada por largos caminos: 
de Asia a Europa
de Europa a América.

Me habitas con tus olores
y en ese instante solo me da por recordar
al mercader veneciano
y los aromas que nunca llegó a conocer
por preferir el viaje y la incertidumbre
a la serenidad de compartir con la mujer amada.

07 febrero, 2013

El río nuestro de todos los días



La comparación siempre ha sido un valioso recurso para el conocimiento. Al comparar nos damos cuenta de lo que tenemos, de lo que nos hace falta, de lo que es y podría ser. Si echamos mano de la comparación para conocer más a nuestro río Orinoco, quizás logremos ver en él lo que aún no hemos visto:

  • El río Orinoco tiene un caudal de 33 mil litros de agua cada segundo, cantidad suficiente para que toda la población de El Palmar, de más de 15.000 habitantes, tenga para beber durante un día.
  • El punto más profundo de nuestro río alcanza a medir 160 metros, equivalente a la altura de la Torre Banco Provincial, ubicada en Caracas, o dos veces la altura de la Torre Alférez, ubicada en Altavista, Ciudad Guayana.
  • En promedio, 45 mil toneladas de peces al año podría ofrecernos el Orinoco para nuestro consumo, que es el peso, poco más poco menos, del tercer puente sobre el río Orinoco, ubicado en Caicara.

Dejemos de estar de espaldas al río y hagámoslo parte de nuestra vida diaria.

28 enero, 2013

Memorias de Salvador Garmendia

Deambulando por la red llegué al programa colombiano "Palabra Mayor", dirigido por R. H. Moreno Durán, en el cual muestran la trayectoria de nuestro inolvidable Salvador Garmendia. Grabado en 1992, cuando el escritor barquisimetano contaba con 64 años, este video nos recuerda el equilibrio que Salvador Garmendia supo mantener entre la pasión por los libros y por la vida; pasión esta que supo llevar a sus páginas.
Siempre hay que regresar a nuestros clásicos y Salvador Garmendia es uno de ellos.


22 octubre, 2012

Escritores deslenguados



De mi niñez recuerdo claramente las duras reprimendas de la maestra de sexto grado, ásperos regaños que afloraban cuando alguno de nosotros se atrevía a pronunciar una grosería. A pesar de conocer el castigo que nos aguardaba, las malas palabras salían como trino desafiante, como inocente acto de rebeldía que nos hacía sentir fuera de todo control y norma, cual heroicos renegados dando mazazos a la arcillosa esfinge del poder. Sin embargo, siempre era breve la aventura de los incorrectos superhéroes, pues todo acababa con la oportuna mirada y el grito de kriptonita de la maestra.
La grosería, la mala palabra, la voz disonante, el hablar sin pelos en la lengua siempre han pertenecido a los bajos mundos de la trasgresión, de la locura, del maleficio, de la catarsis, del pecado capital y del “enjuágate esa boca con jabón que si no se te caerán los dientes”. En todos los idiomas, y desde que el peludo ser de las cavernas empuñó palos y piedras y articuló algunas voces, ha existido ese grupo de palabras censuradas que le sirven de puñetazo y ofensa ante el otro.
Aunque para algunos resulte paradójico, la grosería ha encontrado refugio en la literatura, y ésta a su vez ha echado mano del lenguaje soez y la imagen hiperbólica para expresar sus verdades. Desde la Modernidad, cuando se quebró el pacto entre la belleza y el arte, lo grotesco exhibió sus irregularidades e imperfecciones como algo digno de elogio. Don Quijote, Gargantúa, Pantagruel, Quasimodo, Frankenstein, Drácula, desprovistos de las cualidades de la razón, el orden y la estética, ocuparon el puesto de los apolíneos héroes épicos.
En la literatura venezolana el desparpajo ha tenido presencia en deslenguados como José Ignacio Cabrujas, Carlos Yusti, Argenis Rodríguez, Pedro María Patrizzi, Rodolfo Santana, Denzil Romero, Salvador Garmendia, entre otros, para quienes la palabra es ser vivo, ajena a toda atadura y academicismo, más que nota a pie de página sacada de un vetusto diccionario.
Calumniada por la Iglesia, censurada por la Escuela y reprimida por la familia, la grosería es una verdad sin adornos ni maquillajes que nos recuerda el existencial dilema ético entre el mal decir o el no decir nada. Las malas palabras, aunque sean altisonantes, serán siempre la válvula de escape de lo que hay que decir con urgencia.
Malas palabras, en definitiva, son las que no conducen a la verdad. Y eso, desde siempre, lo han sabido nuestros escritores deslenguados.

11 octubre, 2012

La mejor historia de la literatura venezolana



Escrito por el merideño Mariano Picón Salas (1901-1965), el libro Formación y proceso de la literatura venezolana constituye el segundo libro historiográfico sobre el arte literario hecho en Venezuela. Y en mi opinión, el mejor que se ha hecho hasta ahora. Publicado en 1940, esta obra llegaría en poco tiempo a alcanzar una demanda elevada entre la población escolar venezolana, por lo cual el libro sería víctima de varias ediciones piratas. Esto impulsó a Picón Salas en 1961 a reeditar la obra con un nuevo nombre (Estudios de literatura venezolana) y a añadirle nuevas páginas.
De Formación y proceso de la literatura venezolana llegaría a decir la ensayista venezolana María Fernanda Palacios:

“En la cronología que acompaña el volumen de ensayos de Picón Salas en la Biblioteca Ayacucho, Guillermo Sucre señala esta obra como ‘la primera historia con criterios modernos sobre el tema’; no sería exagerado agregar que esa modernidad no ha sido agotada ni superada posteriormente por ningún otro trabajo de conjunto”.

La modernidad presente en la obra de Picón Salas radica en el abandono del criterio estrictamente textual para ordenar el corpus literario (acá las novelas, allá los poemas y acullá los cuentos), para asumir la literatura como parte integrante de una cultura y una sociedad, con sus polifonías y matices. Además, periodizar por géneros y generaciones no muestra la dinámica viva de la historia: “Historiar es mucho más que una técnica para reunir o periodizar épocas y documentos; es esclarecer una trama de vida”, habría dicho el merideño errante.
En Formación y proceso de la literatura venezolana se adopta una visión multiculturalista, en la cual no sólo tiene voz el vencedor, sino el vencido; la tachadura, lo excluido, lo popular son parte de nuestro pasado. Así, Picón Salas explaya esta idea de historiar lo literario visto como una serie constituyente de la realidad, en la cual se incluyen todos los discursos que propicien la imaginación y que circulen en un contexto determinado. En este sentido, para una historia total de la literatura venezolana Picón Salas recomienda:

“En un capítulo debería explicarse la Literatura popular de Venezuela tal como puede recogerse en los cantos y en la poesía llanera; en los cuentos folklóricos, venidos algunos de España, pero modificados por la fantasía mestiza; en el propio aporte que las razas diferentes –indios, blancos, negros– dejaron en nuestra imaginación colectiva. (...)
En otros capítulos me hubiera placido detenerme en ciertos libros venezolanos que, sin ser literatura artística, han constituido alimento constante de la imaginación criolla; entretuvieron con sus lances, su intriga o su gracejo más de una velada familiar, sirvieron de fácil recreo a todo el mundo. (...)
A otros géneros, como el Teatro –no tanto el teatro serio que sucesivamente ha imitado, y con suma debilidad, las modas de Europa, sino más bien el sainete criollo y la comedia de costumbres”.
   
Formación y proceso de la literatura venezolana se divide en 16 capítulos, y a través de ellos podemos observar algo que afirma con mayor claridad María Fernanda Palacios:

Capítulo
Tema
I
Días de Conquista. Indios españoles
II
Crónica de los primeros sucesos
III
Colonialismo y barroquismo
IV
Madurez del siglo XVIII: enciclopedismo y prerrevolución
V
Idilio antes de la revolución. Música y poesía neoclásica
VI
Revolución
VII
El primer humanismo de la República
VIII
Periodismo y proceso social
IX
Toro, González, Baralt, Larrazabal
X
Romanticismo
XI
Costumbrismo, narración, épica y oratoria romántica
XII
Llamado al orden. El segundo humanismo de la República
XIII
Transición
XIV
Positivismo y ciencia nueva. El camino hacia el modernismo
XV
El modernismo y la generación del 95
XVI
Sinopsis de los últimos años

“Como es de suponer, no estamos ante una historia convencional de la literatura venezolana. No encontraremos el consabido esquema cronológico, ni las manidas divisiones en ‘ismos’, ni el tedioso catálogo de obras y autores, ni las previsibles frases para caracterizarlos. A Picón Salas le preocupa más el sentido de esa historia y la manera en que aparecen los hechos; lo que ellos mueven, no las descripciones exhaustivas ni las clasificaciones. Este no es un libro que interese a la manera de un manual, por sus precisiones, ni por la cantidad de información; tampoco encontraremos en él fórmulas o juicios sumarios que todo lo ubiquen según criterios vagamente estéticos o ideológicos. Quien, como él, se interesa por la ‘formación y proceso’ de una literatura, no puede comenzar dando por descontada su existencia. De manera que en lugar de ordenar nuestra historia literaria siguiendo el esquema tradicional de las literaturas europeas, en lugar de exaltar las virtudes aisladas de algunas obras, lo que se destaca es la manera como una lengua (escrita y oral) ha dado cuerpo a una imaginación y a una sensibilidad que rinde cuenta de esos aspectos de la cultura que la historia no cuenta. Es decir, no es tanto la literatura en sí lo que se valora, como literatura, sino lo que ella permite reconocer y lo que ella inventa como historia”.

Formación y proceso de la literatura venezolana, de Mariano Picón Salas, es sin duda la mejor historia de la literatura de nuestro país.

08 octubre, 2012

El perdido reino de la infancia


Fue dicho antes por un viejo pensador y, además, lo hemos oído tanto que parece ya un oxidado e inservible lugar común: "para ser filósofo, hay que ser como un niño". Más que la razón y el lenguaje hermético, lo que guía el quehacer del filósofo es la creatividad y la mirada inédita sobre el mundo. El niño, como el filósofo, ve las cosas como si las estuviera viendo por vez primera, con los ojos de asombro necesarios para dar color a esta acuarela llamada mundo.
Por ello deseamos constantemente regresar a la Ítaca de nuestra infancia, a recuperar esa sabiduría en el mirar que nos haga posible todo lo que soñamos.
Aquí Toquinho nos lo recuerda una vez más con su preciosa canción.

01 octubre, 2012

Lector e identidad en “La vida nueva” de Orhan Pamuk


Texto escrito a cuatro manos, con la lectura compartida de Irene García Atencio, quizás en un intento por crear "reseñas de sobremesa".

Un libro, aunque el sentido común trate de convencernos de lo contrario, puede devenir en arma de destrucción. Un libro, un verdadero libro –y por verdadero decimos aquel que contenga literatura­– constantemente hace que nos preguntemos por nuestra condición y existencia y ello irremediablemente socava las certezas que tenemos sobre nuestro ser. Los libros –los verdaderos libros– nos interrogan, nos cuestionan, nos hacen seres extraños en un mundo que a fuerza de leerlo también se vuelve extraño y ello provoca que los engranajes de nuestra realidad se atasquen, anhelando para nosotros una “vida nueva”.
Justamente a partir de esa cadena de encuentros y desencuentros que provoca la lectura surge una obra como “La vida nueva” (1995) del escritor turco, y premio Nobel de Literatura 2006, Orhan Pamuk; un libro sobre un libro que cambia la vida a todo aquel que se atreva a leer sus páginas.
El personaje principal –Osman–, enigmático y apasionado, decide leer un extraño libro que ha visto en las manos de Canan, su platónica enamorada. Esta lectura cambiará su forma de vivir. Osman se vuelve sensitivo, observador y desaforado. Abandona su hogar para viajar por toda Turquía junto a su compañera, quien a su vez está enamorada del primer lector de “La vida nueva”, Mehmet. Así, la vida de cada personaje se ha modificado y ha surgido en cada uno la necesidad de pensar y sentir la vida de una manera distinta, y por lo tanto su país y su historia. Todo aquel que se atreva a leerlo terminará inconforme de su realidad y se aventurará, cual pesquisa documental, a viajar para buscar primero los contextos que señala el libro y luego los posibles textos anteriores que le dieron fundamento.
En sus novelas, Orhan Pamuk pinta una emotiva geometría de proporciones entre el mundo interior de los personajes y el destino de Turquía, país bisagra que sirve de enlace entre el oriente asiático y el occidente europeo. Precisamente por ser Turquía espacio de tensiones y conflictos por el cual confluyen simultáneamente ideas de tradición y ruptura, limbo geográfico que marca su paisaje, igualmente los personajes en las novelas de Pamuk, y particularmente en “La vida nueva”, constantemente viven y sufren la ambivalencia de su identidad y tienen tatuada la perenne búsqueda de su esencia. “No estaba en ninguna parte y a la vez estaba en todas y, quizá por eso, creía que me encontraba en el centro inexistente del mundo”; así describe Pamuk, por boca de uno de sus personajes, la sensación de estar en medio de la nada, del desconocimiento, del misterio y el ocultamiento.
En varias de las páginas de la novela el autor nos muestra recurrentemente una relación entre los estados de ánimo del personaje y la presencia del libro y el televisor. Ante el libro, Osman no puede ser pasivo, el mensaje lo altera, sus sentidos se vuelven efervescentes, su entorno cobra vida y resaltan los objetos ante él, como si el libro le ofreciera nuevos ojos con los cuales ver de manera distinta la realidad. El televisor, objeto que se menciona en la mayoría de los capítulos de la novela, no sólo es un elemento de la occidentalización sino un delimitador de identidades y comunicador de formas de actuar, andar, sentir, mirar, vestir; en general, existir. Por ello Osman y el resto de los personajes, a cualquier lugar que lleguen, se ven amansados por el estallido de imágenes casi tangibles, tan cercanas como la cotidianidad, que les brindan una sensación de seguridad ante la indefinición de la vida. Los personajes asumen su condición de receptores, mientras que ante el libro se establece una verdadera comunicación, donde personaje y texto son emisores y receptores, testigos e interlocutores a la vez. El libro y el televisor son dos objetos cautivantes, que emanan luz a los rostros de sus espectadores, pero este último ofrece personajes cuya razón de ser en el mundo ya está predeterminada y definida, actúan siempre igual y se espera de ellos siempre lo mismo. En el libro, en cambio, nada se presenta como seguro y las posibilidades infinitas son lo único constante. Quizás se trate de dos formas de entender la identidad del individuo: una de esencias, inmutable, eterna, que no puede ni debe cambiar; la otra voluble, contextual, histórica. El lector protagonista de Pamuk lucha entre estas dos concepciones de la identidad y éste es el leitmotiv de la historia. Quizás por ello, para reforzar la crisis de la identidad, Pamuk nos hace esperar hasta la segunda mitad de la novela para descubrirnos el nombre del protagonista, y es casi hasta finalizar la novela cuando llegamos a conocer el título del misterioso libro. Por eso pudiera leerse, eso pensamos, “La vida nueva” como una novela de la identidad.
“A fuerza de leer, mi punto de vista se transformó con las palabras del libro y las palabras del libro se convirtieron en mi punto de vista. Mis ojos, deslumbrados por la luz, ya no podían separar el universo que existía en el libro del libro que existía en el universo”. Con estas palabras, Pamuk nos habla acerca de la sensación del lector que se sumerge en las líneas de otra vida, mientras la propia, la del lector, soporta la decepción de ser ignorada, posibilitando así un estado de ausencia-presencia, vida-literatura, realidad-ficción simultáneos. Puede el libro representar así un universo paralelo, una ventana de la realidad en medio de esta ficción que vivimos, idea que podemos rastrear en autores como Borges, Ende, Bradbury, Pérez Reverte... En Pamuk, y he ahí la diferencia, la lectura no es la manera de poseer otra alma, ni una forma de unirse al mundo, ni siquiera la vía rápida para correr hacia una vida nueva. La lectura es una estancia paralela donde se puede velar lo vivido y las ausencias. Donde la memoria y la imaginación juegan a la existencia, a sumar espacios y apoderarse de un ser que asumió el movimiento como una manera de vivir más o morir más deprisa. Sin magias ni finales felices.
Para Osman, la única manera de soportar la vida es a través de la convivencia de un sinnúmero de autores dialogando entre sí: Dante Alighieri, André Maurois, Rainer Maria Rilke, Julio Verne, y otros, son símiles de estaciones que fundamentan las inquietudes del personaje. Soportar la vida, para Osman, es ser una orquesta de voces interiores donde existir significa cambiar de estado, espacio, tiempo, libros, ropa, nombre, emociones, visiones e identidad, hasta transformarse en la historia de un hombre que pueda ser la historia de todos los hombres o de ninguno.
A su manera, Orhan Pamuk logra recrear, a través de esta obra, la condición del lector en el mundo, cuyos intereses y preocupaciones se desligan de los asuntos cotidianos, para hacer de la lectura una forma de vida tan valedera como las otras. 

18 septiembre, 2012

Las tramas del ayer: historia de las historias de la literatura venezolana



Se confunde comúnmente el término “literatura” con el de “obra literaria”. Sin embargo, y aunque suene paradójico, una comunidad, un territorio, puede exhibir varias obras literarias en su haber cultural y aún así carecer de una literatura que lo identifique. Una literatura es una construcción social, un sistema de obras hilvanadas por categorías comunes establecidas por las disciplinas que les dan soporte a los estudios literarios, de cuyas prácticas de valoración, comparación y registro surge lo que denominamos propiamente como literatura. La “Literatura” es una manera de entender, de organizar, de dar forma a la múltiple variedad de un conjunto de obras literarias.
Vista así, la Literatura no es la biblioteca que percibimos, sino la perenne tarea de los estudios literarios en establecer relaciones entre cada libro de esa biblioteca y entre esa biblioteca y otras aledañas. Para realizar esta labor, los estudios literarios se fundamentan en la clasificación de las obras por criterios de valor, de categorías generales y por juicios temporales. Es en este accionar que existe la posibilidad de entender lo literario como ciencia, como discurso organizador y lógico del hecho literario. Así, son tres las maneras de asediar el hecho literario: estableciendo los fundamentos que lo hacen ser obra de arte, valorando los méritos que permitan su clasificación y organizando temporalmente sus cambios y evoluciones. Para decirlo con otras palabras, la Teoría, la Crítica y la Historia son los ámbitos que conforman los estudios literarios.
Estas tres disciplinas no se desarrollan de manera independiente sino que superponen sus fines y resulta imposible la comprensión y el desarrollo de una de ellas sin la presencia de las otras. La Crítica literaria, por ejemplo, debe fundamentar sus juicios en elementos históricos y teóricos que le permita apreciar con mayor tino la obra a analizar. Una Teoría literaria que no asiente sus postulados en obras literarias concretas de seguro divagará en la configuración de esquemas y criterios. Una Historia literaria, por su parte, urge de escalas de valores y de principios ordenadores. Ya Wellek y Warren habían advertido de esta relación indisoluble: “Los métodos así designados no pueden utilizarse separadamente, que se implican mutuamente tan a fondo, que hacen inconcebible la teoría literaria sin la crítica o sin la historia, o la crítica sin la teoría y sin la historia, o la historia sin la teoría y sin la crítica”.
En nuestro país, por no hablar del ámbito hispanoamericano, la situación y desarrollo de estas tres disciplinas ha sido breve, leve y casi espasmódico. La teoría literaria no ha pasado de ser aventura intelectual de unos pocos; la crítica, ejercicio para la afrenta o la exaltación gratuita; la historia literaria ha devenido en inútil manual escolar digno de olvido. Ante este panorama, los estudios literarios exigen una revisión de sus fundamentos, que vuelva a la teoría, a la crítica y a la historia a su condición inicial de trenza imposible de desanudar.
En el caso específico de la historia literaria, esta tradición tiene en nuestro país ya más de cien años y hasta el momento no existe un balance de sus prácticas y de su oficio. No se ha realizado el recuento sosegado de las historias literarias escritas en nuestro país ni mucho menos se ha reflexionado acerca de sus aciertos y fallas.
De los tres ámbitos que conforman los estudios literarios, la teoría, la historia y la crítica, los dos primeros han tenido escaso o nulo desarrollo en nuestro país. El valorar las obras literarias ha sido práctica común, tal como lo demuestra el trabajo Bibliografía de la crítica literaria venezolana 1847-1977, realizado por Roberto Lovera De Sola (1982), en el cual se registran 1.749 textos de crítica literaria en un lapso de 130 años, ello sin contar los aparecidos en prensa y revistas, con lo cual este número seguramente se triplicaría. Sin embargo, la reflexión sobre los fundamentos de lo literario y la meditación sobre sus periodizaciones no ha encontrado en estas tierras sustento que la convierta en tradición. Evidencia de este desdén hacia lo teórico es el hecho de que bastan y sobran los dedos de una mano para contar los que han intentado desde Venezuela una teorización de la literatura: Beatriz González Stephan, Milagros Mata Gil y Víctor Bravo. No más.
El ejercicio historiográfico en Venezuela no ha corrido mejor suerte. Esta afirmación ha sido planteada también por Rafael Arráiz Lucca, quien en un libro de reciente publicación sentencia: “Las aproximaciones a la literatura venezolana con un propósito totalizante no abundan. Escasean, pues, los que de un solo envión examinan el devenir histórico de nuestras letras”. Desde 1906, año en el cual se inicia la historiografía literaria en Venezuela, hasta el presente, se han elaborado sólo seis trabajos que intentan organizar el corpus de la literatura de este país:

Año
Autor
Título
1906
Gonzalo Picón Febres
La literatura venezolana en el siglo diez y nueve
1940
Mariano Picón Salas
Formación y proceso de la literatura venezolana
1948
José Barrios Mora
Compendio histórico de la literatura venezolana
1952
Pedro Díaz Seijas
Historia y antología de la literatura venezolana
1969
José Ramón Medina
Cincuenta años de literatura venezolana
1973
Juan Liscano
Panorama de la literatura venezolana actual

Se han excluido de esta lista a José León Escalante, Ideas sobre el movimiento literario actual en Venezuela, de 1936; Manuel García Hernández, con su Literatura venezolana contemporánea, de 1945;  Arturo Úslar Pietri, Letras y hombres de Venezuela, de 1948; Mario Torrealba Lossi, Literatura venezolana, de 1954 y a Pedro Pablo Barnola, con Altorrelieve de la literatura venezolana, de 1970, por cuanto estas obras no constituyen historias orgánicas completas. Aunque en algunas antologías se mencionan a estas obras como “historias de la literatura venezolana”, en realidad son compilaciones de artículos publicados previamente en la prensa, dedicados a un trabajo exegético de autores y obras aislados y sin interés de búsqueda de orígenes y causas. El mismo Arturo Úslar Pietri, en la obra antes citada, dirá enfáticamente de su libro, afirmación que puede ser aplicada al resto de las obras mencionadas: “Están por eso lejos de ser una historia de la literatura venezolana. Para serlo les faltarían muchas cosas. Entre las más inexcusables: un recuento de la extensa y valiosa obra de los historiadores y ensayistas y un panorama de la poesía, sobre todo la de los últimos años, tan decidora y alta. A lo que más se acercan estas páginas es al esbozo de una cronología del espíritu venezolano, acompañada de una corta galería de siluetas de los hombres en quienes encarna con torturada vocación”.
Para el estado de nuestros estudios literarios, el sólo mostrar el corpus de nuestra historiografía literaria ya es un avance. Sin embargo, estamos conscientes de que con la sola recopilación no basta. El análisis y la búsqueda de vínculos y matices entre una historia y otra es una tarea por realizar. Aquí mostramos el mapa. En otro momento, y quizás otras personas, emprenderán este camino.

12 septiembre, 2012

Los caminos reales del estado Trujillo



“Un camino es como un hombre; la civilización, una red de caminos”
Isilio Rosales

Toda civilización, todo conglomerado humano, desde las pequeñas aldeas tribales hasta los grandes imperios tuvieron siempre la necesidad de construir vías que les sirvieran de sistema circulatorio para el comercio de bienes y la transferencia de ideas. De allí la importancia dada al camino como metáfora recurrente en antiguos textos como la Biblia, la Ilíada o la Odisea. Luego, con la enseñanza que deja la experiencia, el ser humano llegó a la conclusión evidente de que a mayores posibilidades de comunicación, mayor y mejor sería el desarrollo de una comunidad. La antigua Babilonia aprovechó, por ejemplo, la estratégica ubicación geográfica que le servía de lugar de encuentro de culturas orientales y occidentales, convirtiéndose así en la primera gran civilización del mundo. Es conocida también la importancia que dio el Imperio Romano a sus vías de comunicación, sustento mismo del Imperio, llegando hasta nuestros días la expresión “todos los caminos conducen a Roma”, como vestigio de tan formidable conjunción de contacto y poder. Los Imperios prehispánicos también sabían de la importancia de la comunicación y de su influencia en el desarrollo social. Cuéntase en algunos libros de historia, por ejemplo, de la exquisita e intrincada red de caminos de los aztecas y de los incas, que les permitía a sus emperadores tener servido pescado fresco en sus mesas, a pesar de la larga distancia que los separaba del mar. No gratuitamente el investigador canadiense Harold Innis, poco conocido en el ámbito hispánico, publicó en 1950 un libro titulado “Imperio y comunicación”, texto que abonaría el terreno para los futuros estudios sobre la comunicología y en el que intenta demostrar las relaciones entre la información y el desarrollo social de los pueblos.
Los indígenas prehispánicos, habitantes de las tierras que luego se llamarían Venezuela, no eran ajenos a estas ideas. Cuales telarañas sobre las sabanas, colinas y riscos, los caminos construidos por los indígenas ofrecían la posibilidad de nuevos horizontes, nuevos productos y nuevas ideas. Estos caminos, que luego servirían al español para la empresa conquistadora, serían dejados al olvido, presos del pasto y de la casi absoluta aniquilación por el transcurrir del tiempo.
Lamentablemente, en el ámbito venezolano el estudio de los sistemas de comunicación prehispánicos y coloniales son escasos, por no decir inexistentes. Algunas menciones existen, pero se restringen a lo anecdótico o a la simple referencia estadística.
Es por ello que este libro de Isilio Rosales, “Los caminos reales del Estado Trujillo”, viene a inaugurar una interesante temática para la investigación histórica. De una manera clara y al mismo tiempo con una rigurosidad documental, este libro de Rosales nos muestra la historia de las principales vías de comunicación del estado Trujillo construidas por los indígenas prehispánicos.
Simulando la voz y la admiración de los cronistas de indias, o la narración de los grandes científicos europeos del siglo XIX que visitaron estas tierras, el texto de Rosales nos va descubriendo, cual diario de viajes, la experiencia vivida por el autor en la búsqueda por los casi desaparecidos caminos reales del estado Trujillo. En ese ameno recorrido Rosales no solo nos ofrece una descripción física de los caminos; además, se preocupa por relatarnos la historia viva de los pueblos aledaños que crecían y aún permanecen en los márgenes de las vías.
Isilio Rosales, eminente educador trujillano, autor de varias obras sobre la historia regional, columnista de prensa y asiduo promotor cultural, nos enseña con este libro que un camino es algo más que una tierra hollada. Un camino, para decirlo con sus propias palabras, “es como un hombre”. Un camino es como un hombre por su perenne voluntad hacia el horizonte, por el eterno ímpetu dirigido hacia el progreso, por la persistente esperanza de realizarse en el contacto con otros seres humanos. El camino, símbolo material de la comunicación, ha puesto al ser humano en el tránsito de la evolución y el desarrollo. Cuando los humanos se juntan para construir sueños, se unen al mismo tiempo los caminos para conseguir lo imposible.
“Los caminos reales del estado Trujillo” constituye entonces un indispensable aporte al conocimiento de nuestro pasado y vale la pena por ello adentrarse en sus páginas.
Los invito.

(Prólogo al libro “Los caminos reales del estado Trujillo: historia de las antiguas vías de comunicación andinas”, de Isilio Rosales, editado en el 2009 por el Fondo Editorial de la Universidad de Guayana)