22 octubre, 2012
Escritores deslenguados
De mi niñez recuerdo claramente las duras
reprimendas de la maestra de sexto grado, ásperos regaños que afloraban cuando alguno de
nosotros se atrevía a pronunciar una grosería. A pesar de conocer el castigo
que nos aguardaba, las malas palabras salían como trino desafiante, como
inocente acto de rebeldía que nos hacía sentir fuera de todo control y norma, cual
heroicos renegados dando mazazos a la arcillosa esfinge del poder. Sin embargo,
siempre era breve la aventura de los incorrectos superhéroes, pues todo acababa
con la oportuna mirada y el grito de kriptonita de la maestra.
La grosería, la mala palabra, la voz disonante,
el hablar sin pelos en la lengua siempre han pertenecido a los bajos mundos de
la trasgresión, de la locura, del maleficio, de la catarsis, del pecado capital
y del “enjuágate esa boca con jabón que si no se te caerán los dientes”. En
todos los idiomas, y desde que el peludo ser de las cavernas empuñó palos y
piedras y articuló algunas voces, ha existido ese grupo de palabras censuradas que
le sirven de puñetazo y ofensa ante el otro.
Aunque para algunos resulte paradójico, la
grosería ha encontrado refugio en la literatura, y ésta a su vez ha echado mano
del lenguaje soez y la imagen hiperbólica para expresar sus verdades. Desde la Modernidad , cuando se
quebró el pacto entre la belleza y el arte, lo grotesco exhibió sus
irregularidades e imperfecciones como algo digno de elogio. Don Quijote, Gargantúa,
Pantagruel, Quasimodo, Frankenstein, Drácula, desprovistos de las cualidades de
la razón, el orden y la estética, ocuparon el puesto de los apolíneos héroes
épicos.
En la literatura venezolana el desparpajo ha
tenido presencia en deslenguados como José Ignacio Cabrujas, Carlos Yusti,
Argenis Rodríguez, Pedro María Patrizzi, Rodolfo Santana, Denzil Romero, Salvador
Garmendia, entre otros, para quienes la palabra es ser vivo, ajena a toda
atadura y academicismo, más que nota a pie de página sacada de un vetusto
diccionario.
Calumniada por la Iglesia , censurada por la Escuela y reprimida por la
familia, la grosería es una verdad sin adornos ni maquillajes que nos recuerda
el existencial dilema ético entre el mal decir o el no decir nada. Las malas
palabras, aunque sean altisonantes, serán siempre la válvula de escape de lo
que hay que decir con urgencia.
Malas palabras, en definitiva, son las que no
conducen a la verdad. Y eso, desde siempre, lo han sabido nuestros escritores
deslenguados.
11 octubre, 2012
La mejor historia de la literatura venezolana
Escrito por el merideño Mariano Picón Salas
(1901-1965), el libro Formación y proceso
de la literatura venezolana constituye el segundo libro historiográfico
sobre el arte literario hecho en Venezuela. Y en mi opinión, el mejor que se ha hecho hasta ahora. Publicado en 1940, esta obra
llegaría en poco tiempo a alcanzar una demanda elevada entre la población
escolar venezolana, por lo cual el libro sería víctima de varias ediciones
piratas. Esto impulsó a Picón Salas en 1961 a reeditar la obra con un nuevo nombre (Estudios de literatura venezolana) y a añadirle nuevas páginas.
De Formación
y proceso de la literatura venezolana llegaría a decir la ensayista
venezolana María Fernanda Palacios:
“En la cronología que acompaña el
volumen de ensayos de Picón Salas en la Biblioteca Ayacucho ,
Guillermo Sucre señala esta obra como ‘la primera historia con criterios
modernos sobre el tema’; no sería exagerado agregar que esa modernidad no ha
sido agotada ni superada posteriormente por ningún otro trabajo de conjunto”.
La modernidad presente en la obra de Picón
Salas radica en el abandono del criterio estrictamente textual para ordenar el
corpus literario (acá las novelas, allá los poemas y acullá los cuentos), para asumir la literatura como parte integrante de
una cultura y una sociedad, con sus polifonías y matices. Además, periodizar por géneros y generaciones no muestra la
dinámica viva de la historia: “Historiar
es mucho más que una técnica para reunir o periodizar épocas y documentos; es
esclarecer una trama de vida”, habría dicho el merideño errante.
En Formación
y proceso de la literatura venezolana se adopta una visión
multiculturalista, en la cual no sólo tiene voz el vencedor, sino el vencido;
la tachadura, lo excluido, lo popular son parte de nuestro pasado. Así, Picón
Salas explaya esta idea de historiar lo literario visto como una serie
constituyente de la realidad, en la cual se incluyen todos los discursos que
propicien la imaginación y que circulen en un contexto determinado. En este
sentido, para una historia total de la literatura venezolana Picón Salas
recomienda:
“En un capítulo debería explicarse la Literatura popular de
Venezuela tal como puede recogerse en los cantos y en la poesía llanera; en los
cuentos folklóricos, venidos algunos de España, pero modificados por la
fantasía mestiza; en el propio aporte que las razas diferentes –indios,
blancos, negros– dejaron en nuestra imaginación colectiva. (...)
En otros capítulos me hubiera
placido detenerme en ciertos libros venezolanos que, sin ser literatura
artística, han constituido alimento constante de la imaginación criolla;
entretuvieron con sus lances, su intriga o su gracejo más de una velada
familiar, sirvieron de fácil recreo a todo el mundo. (...)
A otros géneros, como el Teatro –no
tanto el teatro serio que sucesivamente ha imitado, y con suma debilidad, las
modas de Europa, sino más bien el sainete criollo y la comedia de costumbres”.
Formación y proceso de
la literatura venezolana se divide en 16 capítulos, y a través de ellos
podemos observar algo que afirma con mayor claridad María Fernanda Palacios:
|
Capítulo
|
Tema
|
|
I
|
Días de Conquista. Indios
españoles
|
|
II
|
Crónica de los primeros
sucesos
|
|
III
|
Colonialismo y barroquismo
|
|
IV
|
Madurez del siglo XVIII:
enciclopedismo y prerrevolución
|
|
V
|
Idilio antes de la
revolución. Música y poesía neoclásica
|
|
VI
|
Revolución
|
|
VII
|
El primer humanismo de la
República
|
|
VIII
|
Periodismo y proceso social
|
|
IX
|
Toro, González, Baralt,
Larrazabal
|
|
X
|
Romanticismo
|
|
XI
|
Costumbrismo, narración,
épica y oratoria romántica
|
|
XII
|
Llamado al orden. El segundo
humanismo de la República
|
|
XIII
|
Transición
|
|
XIV
|
Positivismo y ciencia nueva.
El camino hacia el modernismo
|
|
XV
|
El modernismo y la
generación del 95
|
|
XVI
|
Sinopsis de los últimos años
|
“Como es de suponer, no estamos ante
una historia convencional de la literatura venezolana. No encontraremos el
consabido esquema cronológico, ni las manidas divisiones en ‘ismos’, ni el
tedioso catálogo de obras y autores, ni las previsibles frases para
caracterizarlos. A Picón Salas le preocupa más el sentido de esa historia y la
manera en que aparecen los hechos; lo que ellos mueven, no las descripciones
exhaustivas ni las clasificaciones. Este no es un libro que interese a la
manera de un manual, por sus precisiones, ni por la cantidad de información;
tampoco encontraremos en él fórmulas o juicios sumarios que todo lo ubiquen
según criterios vagamente estéticos o ideológicos. Quien, como él, se interesa
por la ‘formación y proceso’ de una literatura, no puede comenzar dando por
descontada su existencia. De manera que en lugar de ordenar nuestra historia
literaria siguiendo el esquema tradicional de las literaturas europeas, en
lugar de exaltar las virtudes aisladas de algunas obras, lo que se destaca es
la manera como una lengua (escrita y oral) ha dado cuerpo a una imaginación y a
una sensibilidad que rinde cuenta de esos aspectos de la cultura que la
historia no cuenta. Es decir, no es tanto la literatura en sí lo que se valora,
como literatura, sino lo que ella permite reconocer y lo que ella inventa como
historia”.
Formación y proceso de la literatura venezolana, de Mariano Picón Salas, es sin duda la mejor historia de la literatura de nuestro país.
08 octubre, 2012
El perdido reino de la infancia
Fue dicho antes por un viejo pensador y, además, lo hemos oído tanto que parece ya un oxidado e inservible lugar común: "para ser filósofo, hay que ser como un niño". Más que la razón y el lenguaje hermético, lo que guía el quehacer del filósofo es la creatividad y la mirada inédita sobre el mundo. El niño, como el filósofo, ve las cosas como si las estuviera viendo por vez primera, con los ojos de asombro necesarios para dar color a esta acuarela llamada mundo.
Por ello deseamos constantemente regresar a la Ítaca de nuestra infancia, a recuperar esa sabiduría en el mirar que nos haga posible todo lo que soñamos.
Aquí Toquinho nos lo recuerda una vez más con su preciosa canción.
01 octubre, 2012
Lector e identidad en “La vida nueva” de Orhan Pamuk
Texto escrito a cuatro manos, con la lectura compartida de Irene García Atencio, quizás en un intento por crear "reseñas de sobremesa".
Un libro, aunque el sentido común trate de
convencernos de lo contrario, puede devenir en arma de destrucción. Un libro,
un verdadero libro –y por verdadero decimos aquel que contenga literatura–
constantemente hace que nos preguntemos por nuestra condición y existencia y
ello irremediablemente socava las certezas que tenemos sobre nuestro ser. Los
libros –los verdaderos libros– nos interrogan, nos cuestionan, nos hacen seres
extraños en un mundo que a fuerza de leerlo también se vuelve extraño y ello
provoca que los engranajes de nuestra realidad se atasquen, anhelando para nosotros
una “vida nueva”.
Justamente a partir de esa cadena de
encuentros y desencuentros que provoca la lectura surge una obra como “La vida
nueva” (1995) del escritor turco, y premio Nobel de Literatura
2006, Orhan Pamuk; un libro sobre un libro que cambia la vida a todo aquel que
se atreva a leer sus páginas.
El personaje principal –Osman–, enigmático
y apasionado, decide leer un extraño libro que ha visto en las manos de Canan,
su platónica enamorada. Esta lectura cambiará su forma de vivir. Osman se vuelve
sensitivo, observador y desaforado. Abandona su hogar para viajar por toda
Turquía junto a su compañera, quien a su vez está enamorada del primer lector
de “La vida nueva”, Mehmet. Así, la vida de cada personaje se ha modificado y
ha surgido en cada uno la necesidad de pensar y sentir la vida de una manera
distinta, y por lo tanto su país y su historia. Todo aquel que se atreva a
leerlo terminará inconforme de su realidad y se aventurará, cual pesquisa
documental, a viajar para buscar primero los contextos que señala el libro y
luego los posibles textos anteriores que le dieron fundamento.
En sus novelas, Orhan Pamuk pinta una
emotiva geometría de proporciones entre el mundo interior de los personajes y
el destino de Turquía, país bisagra que sirve de enlace entre el oriente
asiático y el occidente europeo. Precisamente por ser Turquía espacio de
tensiones y conflictos por el cual confluyen simultáneamente ideas de tradición
y ruptura, limbo geográfico que marca su paisaje, igualmente los personajes en las
novelas de Pamuk, y particularmente en “La vida nueva”, constantemente viven y
sufren la ambivalencia de su identidad y tienen tatuada la perenne búsqueda de
su esencia. “No estaba en ninguna parte y a la vez estaba en todas y, quizá
por eso, creía que me encontraba en el centro inexistente del mundo”; así
describe Pamuk, por boca de uno de sus personajes, la sensación de estar en
medio de la nada, del desconocimiento, del misterio y el ocultamiento.
En varias de las páginas de la novela el
autor nos muestra recurrentemente una relación entre los estados de ánimo del
personaje y la presencia del libro y el televisor. Ante el libro, Osman no
puede ser pasivo, el mensaje lo altera, sus sentidos se vuelven efervescentes,
su entorno cobra vida y resaltan los objetos ante él, como si el libro le
ofreciera nuevos ojos con los cuales ver de manera distinta la realidad. El
televisor, objeto que se menciona en la mayoría de los capítulos de la novela,
no sólo es un elemento de la occidentalización sino un delimitador de
identidades y comunicador de formas de actuar, andar, sentir, mirar, vestir; en
general, existir. Por ello Osman y el resto de los personajes, a cualquier
lugar que lleguen, se ven amansados por el estallido de imágenes casi
tangibles, tan cercanas como la cotidianidad, que les brindan una sensación de
seguridad ante la indefinición de la vida. Los personajes asumen su condición
de receptores, mientras que ante el libro se establece una verdadera
comunicación, donde personaje y texto son emisores y receptores, testigos e
interlocutores a la vez. El libro y el televisor son dos objetos cautivantes,
que emanan luz a los rostros de sus espectadores, pero este último ofrece
personajes cuya razón de ser en el mundo ya está predeterminada y definida, actúan
siempre igual y se espera de ellos siempre lo mismo. En el libro, en cambio,
nada se presenta como seguro y las posibilidades infinitas son lo único
constante. Quizás se trate de dos formas de entender la identidad del
individuo: una de esencias, inmutable, eterna, que no puede ni debe cambiar; la
otra voluble, contextual, histórica. El lector protagonista de Pamuk lucha
entre estas dos concepciones de la identidad y éste es el leitmotiv de la
historia. Quizás por ello, para reforzar la crisis de la identidad, Pamuk nos
hace esperar hasta la segunda mitad de la novela para descubrirnos el nombre
del protagonista, y es casi hasta finalizar la novela cuando llegamos a conocer
el título del misterioso libro. Por eso pudiera leerse, eso pensamos, “La vida
nueva” como una novela de la identidad.
“A fuerza de leer, mi punto de
vista se transformó con las palabras del libro y las palabras del libro se
convirtieron en mi punto de vista. Mis ojos, deslumbrados por la luz, ya no
podían separar el universo que existía en el libro del libro que existía en el
universo”. Con estas palabras, Pamuk nos habla acerca de la
sensación del lector que se sumerge en las líneas de otra vida, mientras la
propia, la del lector, soporta la decepción de ser ignorada, posibilitando así un
estado de ausencia-presencia, vida-literatura, realidad-ficción simultáneos.
Puede el libro representar así un universo paralelo, una ventana de la realidad
en medio de esta ficción que vivimos, idea que podemos rastrear en autores como
Borges, Ende, Bradbury, Pérez Reverte... En Pamuk, y he ahí la diferencia, la
lectura no es la manera de poseer otra alma, ni una forma de unirse al mundo,
ni siquiera la vía rápida para correr hacia una vida nueva. La lectura es una
estancia paralela donde se puede velar lo vivido y las ausencias. Donde la
memoria y la imaginación juegan a la existencia, a sumar espacios y apoderarse
de un ser que asumió el movimiento como una manera de vivir más o morir más
deprisa. Sin magias ni finales felices.
Para Osman, la única manera de soportar la
vida es a través de la convivencia de un sinnúmero de autores dialogando entre
sí: Dante Alighieri, André Maurois, Rainer Maria Rilke, Julio Verne, y otros,
son símiles de estaciones que fundamentan las inquietudes del personaje. Soportar
la vida, para Osman, es ser una orquesta de voces interiores donde existir
significa cambiar de estado, espacio, tiempo, libros, ropa, nombre, emociones,
visiones e identidad, hasta transformarse en la historia de un hombre que pueda
ser la historia de todos los hombres o de ninguno.
A su manera, Orhan Pamuk logra recrear, a
través de esta obra, la condición del lector en el mundo, cuyos intereses y
preocupaciones se desligan de los asuntos cotidianos, para hacer de la lectura
una forma de vida tan valedera como las otras.
18 septiembre, 2012
Las tramas del ayer: historia de las historias de la literatura venezolana
Se confunde comúnmente el término “literatura” con el
de “obra literaria”. Sin embargo, y aunque suene paradójico, una comunidad, un
territorio, puede exhibir varias obras literarias en su haber cultural y aún
así carecer de una literatura que lo identifique. Una literatura es una
construcción social, un sistema de obras hilvanadas por categorías comunes
establecidas por las disciplinas que les dan soporte a los estudios literarios,
de cuyas prácticas de valoración, comparación y registro surge lo que
denominamos propiamente como literatura. La “Literatura” es una manera de
entender, de organizar, de dar forma a la múltiple variedad de un conjunto de
obras literarias.
Vista así, la Literatura no es la biblioteca que percibimos,
sino la perenne tarea de los estudios literarios en establecer relaciones entre
cada libro de esa biblioteca y entre esa biblioteca y otras aledañas. Para
realizar esta labor, los estudios literarios se fundamentan en la clasificación
de las obras por criterios de valor, de categorías generales y por juicios
temporales. Es en este accionar que existe la posibilidad de entender lo
literario como ciencia, como discurso organizador y lógico del hecho literario.
Así, son tres las maneras de asediar el hecho literario: estableciendo los
fundamentos que lo hacen ser obra de arte, valorando los méritos que permitan
su clasificación y organizando temporalmente sus cambios y evoluciones. Para
decirlo con otras palabras, la
Teoría , la
Crítica y la
Historia son los ámbitos que conforman los estudios
literarios.
Estas tres disciplinas no se desarrollan de manera
independiente sino que superponen sus fines y resulta imposible la comprensión
y el desarrollo de una de ellas sin la presencia de las otras. La Crítica literaria, por
ejemplo, debe fundamentar sus juicios en elementos históricos y teóricos que le
permita apreciar con mayor tino la obra a analizar. Una Teoría literaria que no
asiente sus postulados en obras literarias concretas de seguro divagará en la
configuración de esquemas y criterios. Una Historia literaria, por su parte,
urge de escalas de valores y de principios ordenadores. Ya Wellek y Warren
habían advertido de esta relación indisoluble: “Los métodos así designados no
pueden utilizarse separadamente, que se implican mutuamente tan a fondo, que
hacen inconcebible la teoría literaria sin la crítica o sin la historia, o la
crítica sin la teoría y sin la historia, o la historia sin la teoría y sin la
crítica”.
En nuestro país, por no hablar del ámbito
hispanoamericano, la situación y desarrollo de estas tres disciplinas ha sido
breve, leve y casi espasmódico. La teoría literaria no ha pasado de ser
aventura intelectual de unos pocos; la crítica, ejercicio para la afrenta o la
exaltación gratuita; la historia literaria ha devenido en inútil manual escolar
digno de olvido. Ante este panorama, los estudios literarios exigen una
revisión de sus fundamentos, que vuelva a la teoría, a la crítica y a la
historia a su condición inicial de trenza imposible de desanudar.
En el caso específico de la historia literaria, esta
tradición tiene en nuestro país ya más de cien años y hasta el momento no
existe un balance de sus prácticas y de su oficio. No se ha realizado el
recuento sosegado de las historias literarias escritas en nuestro país ni mucho
menos se ha reflexionado acerca de sus aciertos y fallas.
De los tres ámbitos que conforman los estudios
literarios, la teoría, la historia y la crítica, los dos primeros han tenido
escaso o nulo desarrollo en nuestro país. El valorar las obras literarias ha
sido práctica común, tal como lo demuestra el trabajo Bibliografía de la crítica literaria venezolana 1847-1977,
realizado por Roberto Lovera De Sola (1982), en el cual se registran 1.749
textos de crítica literaria en un lapso de 130 años, ello sin contar los
aparecidos en prensa y revistas, con lo cual este número seguramente se
triplicaría. Sin embargo, la reflexión sobre los fundamentos de lo literario y
la meditación sobre sus periodizaciones no ha encontrado en estas tierras
sustento que la convierta en tradición. Evidencia de este desdén hacia lo
teórico es el hecho de que bastan y sobran los dedos de una mano para contar
los que han intentado desde Venezuela una teorización de la literatura: Beatriz
González Stephan, Milagros Mata Gil y Víctor Bravo. No más.
El ejercicio historiográfico en Venezuela no ha
corrido mejor suerte. Esta afirmación ha sido planteada también por Rafael
Arráiz Lucca, quien en un libro de reciente publicación sentencia: “Las
aproximaciones a la literatura venezolana con un propósito totalizante no
abundan. Escasean, pues, los que de un solo envión examinan el devenir
histórico de nuestras letras”. Desde 1906, año en el cual se inicia la
historiografía literaria en Venezuela, hasta el presente, se han elaborado sólo
seis trabajos que intentan organizar el corpus de la literatura de este país:
Año
|
Autor
|
Título
|
1906
|
Gonzalo Picón
Febres
|
La literatura
venezolana en el siglo diez y nueve
|
1940
|
Mariano Picón
Salas
|
Formación y
proceso de la literatura venezolana
|
1948
|
José Barrios
Mora
|
Compendio
histórico de la literatura venezolana
|
1952
|
Pedro Díaz
Seijas
|
Historia y
antología de la literatura venezolana
|
1969
|
José Ramón
Medina
|
Cincuenta años
de literatura venezolana
|
1973
|
Juan Liscano
|
Panorama de la
literatura venezolana actual
|
Se han excluido de esta lista a José León Escalante, Ideas sobre el movimiento literario actual
en Venezuela, de 1936; Manuel García Hernández, con su Literatura venezolana contemporánea, de 1945; Arturo Úslar Pietri, Letras y hombres de Venezuela, de 1948; Mario Torrealba Lossi, Literatura venezolana, de 1954 y a Pedro
Pablo Barnola, con Altorrelieve de la
literatura venezolana, de 1970, por cuanto estas obras no constituyen
historias orgánicas completas. Aunque en algunas antologías se mencionan a estas
obras como “historias de la literatura venezolana”, en realidad son
compilaciones de artículos publicados previamente en la prensa, dedicados a un
trabajo exegético de autores y obras aislados y sin interés de búsqueda de
orígenes y causas. El mismo Arturo Úslar Pietri, en la obra antes citada, dirá
enfáticamente de su libro, afirmación que puede ser aplicada al resto de las
obras mencionadas: “Están por eso lejos de ser una historia de la literatura
venezolana. Para serlo les faltarían muchas cosas. Entre las más inexcusables:
un recuento de la extensa y valiosa obra de los historiadores y ensayistas y un
panorama de la poesía, sobre todo la de los últimos años, tan decidora y alta.
A lo que más se acercan estas páginas es al esbozo de una cronología del
espíritu venezolano, acompañada de una corta galería de siluetas de los hombres
en quienes encarna con torturada vocación”.
Para el estado de nuestros estudios literarios, el
sólo mostrar el corpus de nuestra historiografía literaria ya es un avance. Sin
embargo, estamos conscientes de que con la sola recopilación no basta. El
análisis y la búsqueda de vínculos y matices entre una historia y otra es una
tarea por realizar. Aquí mostramos el mapa. En otro momento, y quizás otras
personas, emprenderán este camino.
12 septiembre, 2012
Los caminos reales del estado Trujillo
“Un camino es como un hombre;
la civilización, una red de caminos”
Isilio Rosales
Toda civilización, todo
conglomerado humano, desde las pequeñas aldeas tribales hasta los grandes
imperios tuvieron siempre la necesidad de construir vías que les sirvieran de
sistema circulatorio para el comercio de bienes y la transferencia de ideas. De
allí la importancia dada al camino como metáfora recurrente en antiguos textos
como la Biblia ,
la Ilíada o la Odisea. Luego , con
la enseñanza que deja la experiencia, el ser humano llegó a la conclusión
evidente de que a mayores posibilidades de comunicación, mayor y mejor sería el
desarrollo de una comunidad. La antigua Babilonia aprovechó, por ejemplo, la
estratégica ubicación geográfica que le servía de lugar de encuentro de
culturas orientales y occidentales, convirtiéndose así en la primera gran
civilización del mundo. Es conocida también la importancia que dio el Imperio
Romano a sus vías de comunicación, sustento mismo del Imperio, llegando hasta
nuestros días la expresión “todos los caminos conducen a Roma”, como vestigio
de tan formidable conjunción de contacto y poder. Los Imperios prehispánicos
también sabían de la importancia de la comunicación y de su influencia en el
desarrollo social. Cuéntase en algunos libros de historia, por ejemplo, de la
exquisita e intrincada red de caminos de los aztecas y de los incas, que les
permitía a sus emperadores tener servido pescado fresco en sus mesas, a pesar
de la larga distancia que los separaba del mar. No gratuitamente el
investigador canadiense Harold Innis, poco conocido en el ámbito hispánico,
publicó en 1950 un libro titulado “Imperio y comunicación”, texto que abonaría
el terreno para los futuros estudios sobre la comunicología y en el que intenta
demostrar las relaciones entre la información y el desarrollo social de los
pueblos.
Los indígenas prehispánicos,
habitantes de las tierras que luego se llamarían Venezuela, no eran ajenos a
estas ideas. Cuales telarañas sobre las sabanas, colinas y riscos, los caminos
construidos por los indígenas ofrecían la posibilidad de nuevos horizontes,
nuevos productos y nuevas ideas. Estos caminos, que luego servirían al español
para la empresa conquistadora, serían dejados al olvido, presos del pasto y de
la casi absoluta aniquilación por el transcurrir del tiempo.
Lamentablemente, en el ámbito
venezolano el estudio de los sistemas de comunicación prehispánicos y coloniales
son escasos, por no decir inexistentes. Algunas menciones existen, pero se
restringen a lo anecdótico o a la simple referencia estadística.
Es por ello que este libro de
Isilio Rosales, “Los caminos reales del Estado Trujillo”, viene a inaugurar una
interesante temática para la investigación histórica. De una manera clara y al
mismo tiempo con una rigurosidad documental, este libro de Rosales nos muestra
la historia de las principales vías de comunicación del estado Trujillo
construidas por los indígenas prehispánicos.
Simulando la voz y la admiración
de los cronistas de indias, o la narración de los grandes científicos europeos
del siglo XIX que visitaron estas tierras, el texto de Rosales nos va
descubriendo, cual diario de viajes, la experiencia vivida por el autor en la
búsqueda por los casi desaparecidos caminos reales del estado Trujillo. En ese
ameno recorrido Rosales no solo nos ofrece una descripción física de los
caminos; además, se preocupa por relatarnos la historia viva de los pueblos
aledaños que crecían y aún permanecen en los márgenes de las vías.
Isilio Rosales, eminente
educador trujillano, autor de varias obras sobre la historia regional,
columnista de prensa y asiduo promotor cultural, nos enseña con este libro que
un camino es algo más que una tierra hollada. Un camino, para decirlo con sus
propias palabras, “es como un hombre”. Un camino es como un hombre por su
perenne voluntad hacia el horizonte, por el eterno ímpetu dirigido hacia el
progreso, por la persistente esperanza de realizarse en el contacto con otros
seres humanos. El camino, símbolo material de la comunicación, ha puesto al ser
humano en el tránsito de la evolución y el desarrollo. Cuando los humanos se
juntan para construir sueños, se unen al mismo tiempo los caminos para conseguir
lo imposible.
“Los caminos reales del estado
Trujillo” constituye entonces un indispensable aporte al conocimiento de
nuestro pasado y vale la pena por ello adentrarse en sus páginas.
Los
invito.
(Prólogo
al libro “Los caminos reales del estado Trujillo: historia de las antiguas vías
de comunicación andinas”, de Isilio Rosales, editado en el 2009 por el Fondo
Editorial de la
Universidad de Guayana)
10 septiembre, 2012
El peor de todos los monstruos
El peor de todos los monstruos es aquel que no
se ve. Con una maldad mayor que la de Drácula y un terror más escalofriante que
el que pudiera producir la boca peluda y dentada del hombre lobo, el horrible
ser que no logramos ver, pero que presentimos a nuestras espaldas, es el que
hiela nuestro cuerpo hasta el infarto.
Por más que hayamos visto en nuestra infancia
las sangrientas andanzas oníricas de Freddy Krueger o las pericias de Jason
Voorhees con su sierra eléctrica sobre las extremidades de los adolescentes, ese
terror era inmediatamente subsanado con un delicioso helado y uno que otro
caramelo que lograra endulzar nuestro perturbado y temeroso ánimo; sin embargo,
lo que no podíamos evadir y lo que convertía en pesadillas nuestras noches eran
las invisibles figuras que habitaban debajo de la cama.
Ya desde la Antigüedad se le
asignaba a la invisibilidad un carácter maligno, una verdadera aporía que
conjugaba la inexistencia y ambigüedad de lo no visto con la existencia y posibilidad
del hacer. Lo invisible es un contenido habitando un continente inexistente; un
ser y no ser simultáneo. Quizás por ello no sea simple coincidencia el hecho de
que Hades, el dios del inframundo griego, tenga por origen etimológico la
expresión “el invisible”. Sólo el dios del mundo de los muertos podía albergar
tamaña monstruosidad.
El ojo recorta, define, etiqueta. Más que
ventana del alma, es el órgano que nos mantiene aferrados a la razón, cuadriculando
y haciendo habitable el mundo. No gratuitamente la Filosofía surge de la
“contemplación”, del “contemplum”, palabra que señala la tarima que estaba situada
delante de los templos, desde la cual los oficiantes escrutaban el cielo para interpretar
los designios de los dioses. Esta palabra, “contemplum”, tradujo la palabra
griega “theoría”, entendiendo así el camino de la razón y el
descubrimiento como un ejercicio de la mirada.
El ojo analiza, categoriza, es el símbolo de la
omnipotencia si se incrusta en un triángulo radiante; es el que nos hace creer,
según el decir de Santo Tomás. Lo que no vemos, lo invisible, es la esencia de
lo irracional.
La invisibilidad nos aterroriza y tal vez esta
sea la razón del desasosiego que produce la lectura de los cuentos “La casa
tomada” de Julio Cortázar y “There are more things” de Jorge Luis Borges. Es el
mismo desvelo que emana de la inquietante ausencia de Aquiles en la “Ilíada” y el
perturbante no aparecer del animal asesino en la película “Tiburón”. En esos
relatos una presencia invisible y todopoderosa invade la realidad sin llegar a
saber nunca la víctima cuál es la contextura ni la forma de los “monstruos” que
lo acechan.
El monstruo invisible, el más poderoso y
aterrador de todos nuestros monstruos, habita el reino de lo irracional y nos
señala, cual otra cara de la moneda, que lo impensable, lo que no es capaz de
asir los ojos, o cualquier otro de nuestros sentidos, puede llegar a existir.
“Tonterías; ser es ser percibido, y como nada veo,
nada es”, habría contestado Berkeley, quien al parecer anulaba sus monstruos
con una mirada resuelta debajo de la cama antes de dormir.
07 septiembre, 2012
Big Bang
Yo,
el de los adioses postergados,
el
que nunca dice “hasta luego”
porque
presiento
que
a la vuelta de la esquina
tu
mirada,
cual
agujero negro,
desintegrará
mis moléculas.
Me
harías flotar en el espacio eternamente
sin
forma ni rumbo fijo.
Sé que inevitablemente llegarás
a mí algún día,
Big
Bang de tus manos,
y
desde ese instante,
por azar, caos o necesidad,
descansaremos
juntos al séptimo día
a
la sombra de nuestro universo recién estrenado.
03 septiembre, 2012
El discurso amoroso en “La pasión disimulada”
“Si alguien en este pueblo no conoce el arte de amar,
lea este poema y, adoctrinado por su lectura, ame.”
Ovidio, “El arte de amar”
Quizás una de las tareas más
inútiles, por la ambigüedad y polisemia de sus conclusiones, sea la de teorizar
acerca del amor. Ya en la
Antigüedad lo habían intentado Platón y Ovidio, para quienes las
pasiones del afecto no eran más que una suerte de perpetua y fatigante búsqueda
del otro, idealizado, que nos complementa y nos hace uno con la belleza y la
eternidad. Fue distinta la concepción del amor durante la
Edad Media , tiempo en el cual lo religioso
penetró las prácticas y representaciones de lo humano, sirviéndole de andamiaje
para todo el pensar. Así, el amor medieval era visto a través de la búsqueda
del ser divino, de la relación con la deidad, siendo San Agustín y Santo Tomás
los promotores de esta forma de sentir y entender el amor. En los modernos
tiempos de la mercancía, los viajes, el resurgimiento de la ciencia y el ensanchamiento
del mundo, el amor fue relegado a las pasiones mundanas, a la faz oculta del
hombre, compartiendo lugar con los sueños, las fantasías y las pasiones. El
amor pasa a ser cuerpo, carne y necesidad que nos hace equiparar con los
animales, cual instinto, pudiendo en consecuencia ser medido y percibido como
una curiosa mezcla de sustancias químicas que produce nuestro organismo.
La historia del amor en Occidente
puede entenderse entonces como un recorrido que va de la mente, con el amor
idealizado de Platón; pasando al alma, con el amor teológico de San Agustín y
refugiándose, finalmente, en el cuerpo, representado en el amor carnal del
individuo, refugiado en las masas anónimas de las urbes. Tres formas de
entender el amor.
Es posible encontrar en la
literatura universal ejemplos de cada uno de estos discursos amorosos: Dante
Alighieri, en “La vita nuova”, representa el amor idealizado; el amor teológico
se muestra con los poemas de San Juan de la Cruz y Tirso de Molina, en “El burlador de
Sevilla”, aporta con el personaje de Don Juan la visión del amor carnal.
En el poemario “La pasión
disimulada” (2010), de Carmen Rodríguez, se nos propone una visión integral del
discurso amoroso en el cual se hace patente la tríada cuerpo-alma-mente en el
objeto del deseo. “La pasión disimulada”, obra ganadora del Primer Concurso de
Literatura “Stefania Mosca”, logra construir un discurso amoroso que puede
filiarse en la tradición inaugurada por María Calcaño y Enriqueta Arvelo
Larriva, en el cual el sujeto amoroso, la voz poética que canta al amado, se
nos muestra ansioso, impaciente por llenar la ausencia del objeto que no
termina de poseerse:
“Hoy me untaste mermelada en el
corazón
Y la tarde se me tornó feliz
Pero al llegar a casa
Las hormigas me atacaron
Y me arrancaron tu voz”
El afecto en “La pasión
disimulada”, decíamos, se hace voz por medio de un sujeto que perennemente
canta la búsqueda de su objeto amoroso, procurando el uso de un discurso
tricéfalo. El primer rostro del discurso amoroso en “La pasión disimulada” es
el del “amor mente” que, como mencionamos, se evidencia en la idealización del
amado, y se vuelve presencia eterna y asfixiante:
“El silencio te trae y me
acobijas
Cierro los ojos y sigo viéndote
Esta confusión mental se me torna
perpetua
Una condena que me hace desear la
muerte
Te grito
Te echo fuera
Te lanzo el libro que me impides
leer
Y al rato vuelves
Entras sin permiso, sin tocar
puertas
Sólo para que sepa que estás
Y retorne mi tormento”
El segundo rostro del discurso es
el del “amor alma”, en el cual el objeto del deseo se manifiesta como sostén,
como soporte del sujeto que ama, ofreciéndole así una lógica de la fe que le da
sentido a su existencia. En el amor alma, se existe porque se ama:
“Me estoy cayendo porque nunca
volverás a habitarme”
Para completar el discurso
tricéfalo, el último rostro es el del “amor cuerpo”, cuya carnalidad exacerbada
obvia toda atadura moral y termina siendo una simple y avasallante conjunción
de cuerpos:
“Instauro por decreto mi nombre
en tu boca,
En tu piel
Y en el tuétano de tu humanidad
Ahora defiéndete
Que estoy montada sobre ti
metiéndote en mi ser”
Carmen Rodríguez, con “La pasión
disimulada”, nos propone una relectura de la poesía amorosa venezolana,
despojándola de llantos superfluos, de moralismos y lugares comunes. Una
invitación para que, quien no conozca el arte de amar, lea este poemario y ame
de una vez por todas. Este poemario, hecho con la verdadera voz de la poesía que, al decir de
Rilke, no es más que la voz de lo más interno del ser humano, estará por
siempre y en un lugar destacado en esa vasta y variada biblioteca que es
nuestra literatura venezolana.
25 mayo, 2012
Los raros de la literatura venezolana
El poeta nicaragüense Rubén Darío publicó en
1896 un libro de ensayos titulado “Los raros”. En él exhibía una veintena de
semblanzas biográficas de escritores de su predilección; entre ellos, Edgar
Allan Poe, Paul Verlaine, Lautréamont, José Martí y otros más, unidos todos por
el calificativo de “raros”.
Para Rubén Darío el término “raro” señalaba, más
que una similitud estilística o temática, un afán de anticanon, de
contracultura, de abrir los límites de la literatura hacia novedosos e
insospechados lenguajes. Un “raro” en la literatura, para Rubén Darío, no era
más que una “oveja negra” que no seguía ni se amoldaba a los dictados del canon
ni al gusto del momento.
Al hablar de canon, evocamos la idea de norma, de
ley, de modelo que sirve de centro y en cuya periferia circundan las obras
marginales que anhelan ser parte del canon o, por el contrario, aniquilarlo y
tomar su lugar. El canon es una fuerza invisible, casi como una fuerza
gravitacional que, aunque no la veamos, posee la fuerza suficiente como para
ser acatada por todos.
Algunos piensan que el canon, o la idea de valor artístico, resulta
exclusivamente de una cualidad intrínseca de la obra y en esa perspectiva puede
evidenciarse una idea racionalista de la literatura. Estudiar la
literatura desde un enfoque racionalista consiste en observar el objeto de
estudio como un hecho universal, como una pieza del lego de los valores y
esencias autárquicas que no dependen de contextos, lenguas ni autores. En este
sentido, el valor de la obra y su ubicación en el canon es un juego de
desplazamientos entre textos, cual ley del más apto, cuya única categoría a
evaluar radica en su calidad textual. Así, desde esta visión, la “Ilíada” es
digna de imitar y leer independientemente del lugar donde se encuentre el
lector y de su tiempo.
Existe una idea distinta para
entender el canon y es la de la perspectiva empirista. Ella exige ver a la
literatura como un producto cultural, identificada plenamente con su contexto,
del cual emana su definición y peculiaridad. Así, el canon es entendido, al igual que en la perspectiva racionalista,
como un juego de poderes y de conflictos, pero la diferencia es que no limita el
valor y el juicio sólo al texto, sino que incluye como parte del sistema a una
serie de instituciones y actores que participan y definen lo literario, más
allá de sus cualidades intrínsecas. Las academias, las universidades, la
crítica, los editores, los medios de comunicación, autores, lectores, premios,
bienales, ente otros, se han constituido como “enunciadores de poder” que
conforman y dan continuidad al canon.
Pero el canon, así sea visto como
una esencia de la obra o como un producto de negociaciones y conflictos entre
instituciones y prácticas culturales, siempre ha tenido al “raro” como una
categoría que designa al fabricante de discursos que se oponen al poder de los
juicios y valores imperantes. Un “raro” es aquel escritor cuya obra no encaja
en los géneros considerados como literarios o cuya temática aborda elementos
inusuales. Hoy, a pesar del
giro epistemológico relativista que hemos experimentado desde el siglo XX que
ha dado como resultado un repensar de las instituciones formadoras de canon,
resquebrajando la idea misma de literatura y abriendo la posibilidad de
considerar al humor, la pornografía, los graffitis, la canción y cualquier otro
discurso con intención estética como parte de la literatura, el “raro”
permanece, incólume en la periferia de los sistemas literarios, aunque su presencia
sea notada con mayor dificultad por ese ensanchamiento de la idea de literatura
y de cultura.
Ante estas consideraciones, no sería osado ni
engorroso intentar elaborar una lista de “raros” de la literatura venezolana, a
la manera de Rubén Darío, que incluya a escritores periféricos, transgresores
de la norma y cuya propuesta de escritura resquebraje los gustos y concepciones
de lo literario. Podría mencionar a Fray Juan Antonio Navarrete (1747-1814),
con sus libros desmesurados, que invitan permanentemente al juego con el
lector; a Rafael Bolívar
Coronado (1884-1924) y su afrenta contra la figura del autor al crear más de
seiscientos seudónimos; a Andrés Mariño Palacio (1927-1966) y su exploración hacia la maldad y lo grotesco; a Rafael José Muñoz (1928-1981) y su desvariada poesía impregnada de
fórmulas matemáticas; a Pedro
María Patrizi (1900-1949) y a Raúl Chuecos Picón (1891-1937) con sus inusitadas groserías y temas escabrosos de
prostitutas y enfermedades venéreas en la pacata Mérida de principios del siglo
XX; y a Emira Rodríguez (1929) y
su experimentalismo en el decir poético.
Cada uno de estos “raros” ha
aportado desde sus obras, sin hablar de sus peculiares historias de vida, el
necesario cambio en la tradición literaria. Sin los “raros”, sin la continua
afrenta y tensión que se produce en las fronteras de lo canónico, la literatura
no sería más que una eterna, invariable y aburrida lista de páginas manchadas de
tinta.
Seguramente habrá otros “raros” en la literatura venezolana, pero estos
son “mis raros”. ¿Cuáles son los de ustedes?
16 abril, 2012
09 diciembre, 2011
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| EL NACIONAL - Lunes 05 de Diciembre de 2011 | Escenas/2 |
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