31 octubre, 2006

Ortografía urbana...

El poeta Andrés Eloy Blanco, en uno de sus tantos artículos periodísticos, habló alguna vez de la manera peculiar de la escritura de las vallas y avisos que decoran las ciudades y que llamó, con sonrisa irónica, «la ortografía urbana». Esta especie de gramática paralela a las normas difundidas por la Real Academia Española –según el poeta– representa un choque entre lo aprendido en la escuela y lo leído en la calle, entorpeciendo la enseñanza y la conquista de una lengua fundada en la corrección.
Decía el poeta que la mayoría de los anuncios y muestras comerciales adolecían de una “paupérrima preparación gramatical o de ridícula manía extranjerista” y, aunque esta última posea una “función evocadora de viajes” y a la primera “sólo pueda perdonársele en cartas de amor”, Andrés Eloy Blanco abogaba por la creación de inspectores de avisos que deambularan por las calles de la ciudad remendando los entuertos de la ortografía urbana. Cumplo entonces la voluntad del poeta y desempeño el oficio de inspector. Inicio el recorrido por un taller mecánico. Allí un gran cartel anuncia: “centro automotriz”. Vemos que en la palabra automotriz la desinencia –triz caracteriza a lo femenino y singular, como actor / actriz, emperador / emperatriz. Si la palabra centro es masculina por el artículo que podamos antecederle (el centro), entonces debemos concordar en género las dos palabras. La frase correcta, masculinas sus dos palabras, debe ser: el centro automotor. Continúo la travesía y observo un letrero: “Su cartera será visualizada al salir del negocio”. ¿Será que los negocios tienen ahora «videntes» que lo detendrán a usted en la puerta del local y con un esfuerzo que se evidenciará en su cara fruncida intentarán imaginar el contenido de su cartera? «Visualizar» es «imaginar algo que no se tiene a la vista». Sería: «Su cartera será revisada al salir del negocio». Cansado por el ajetreo, voy a beber un refresco; por costumbre y necedad alzo la vista para observar el anuncio del local y leo: “Caféteria Juventud”. Sabiendo que resulta en extremo difícil encontrar un acento en los anuncios, puesto que parece ser su hijo odiado, aquí la persona que elaboró el anuncio tuvo la buena intención de utilizarlo, pero olvidó que la raíz café traslada su acento al hiato –ía. Así: cafetería. Igualmente: panadería, carnicería. Por mi parte, desisto continuar este paseo ortográfico. Cedo a usted mi puesto.

30 octubre, 2006

Faltándome una pieza del lego...


Es inevitable. Faltándome sólo una pieza del lego para construir un cohete –e ir a vender linternas en el lado oscuro de la luna– o un gran barco pirata –para partir de Cádiz y ya en Cubagua hacerte un collar de perlas y cocos– mi madre grita desde la cocina que ya es hora de dormir porque mañana hay clases y que me vaya a cepillar los dientes. Dejo mi cohete sin combustible y mi barco haciendo agua para reducir mi aventura a los ocho pasos que hay de mi cuarto al baño. Al dar el último paso se muestra en el espejo un niño con todo el cabello sobre la frente y un diente blanco y grande que parece cotufa, además de la ausencia de otro que aguarda en el zapato la visita del Ratón Pérez. Mientras el niño del espejo se cepilla los dientes, el niño que está del lado del lavamanos piensa para qué un ratón millonario –tiene que serlo, porque deja dinero– necesitará dientes con caries. Seguro hará con ellos una casa o los molerá hasta convertirlos en polvo para que las playas del río Orinoco, que tanto le gustan, no desaparezcan.
Retomo los ocho pasos para regresar a mi cuarto, me arrodillo, me dispongo a rezar... La verdad no sé con quién hablo, pero una vez mi madre me dijo que si no rezaba antes de dormir tendría pesadillas. Detuve la oración y pensé que ahí estaría mi aventura. Durante el sueño podría pescar gallinas submarinas, cazar renacuajos del aire, pasear en globo con Panchito Mandefuá, subir montañas con Humboltd e imprimir hojitas con Tulio Febres Cordero. No me quedaba otra opción porque ya mi madre no viene a mi cuarto a leerme cuentos para dormir, que me hacen despertar con una sonrisa cómplice. Así que me metí en las sábanas y esperé la pesadilla que me mostrara nuevos mundos. Más me hubiera valido no cometer semejante disparate. Todo era un infierno. Soñé que tenía treinta y dos años y escribía desesperanzado un cuento.
Y lo más terrible es que aún sueño y no amanece...

25 octubre, 2006

Cuando un error ortográfico hace perder la presidencia de la República

Corría el año de 1945. Luego de cuatro años de ejercicio democrático y habiendo puesto todo el empeño por realizar un tranquilo tránsito hacia la participación civil en las directrices del gobierno, Isaías Medina Angarita veía culminado su período presidencial y preparaba el terreno para las próximas elecciones, postulando para ello a un civil de sus filas: Diógenes Escalante. El partido opositor de entonces, Acción Democrática, liderado por Rómulo Betancourt, había acogido la idea del candidato. Reinaba entonces un clima de paz en aquella temporada de elecciones; y la verdad es que Diógenes Escalante tenía sobradas razones para inspirarlo: tachirense (respetando así la “hegemonía andina”), civil (dando paso a una participación total de la sociedad), inteligente (canciller en los Estados Unidos con distinguidos títulos universitarios). Así que se designó este candidato en ausencia, pues estaba en Nueva York ejerciendo cargos diplomáticos. Al llegar a Caracas se hospedó en el Hotel Ávila. Pero el destino, como dicen algunos, es un burlón arlequín que hace mil piruetas para animar al mundo. Resulta que un día, Diógenes Escalante, el candidato conciliador, llama por teléfono al secretario del presidente Medina, Arturo Úslar Pietri:

-Sí, diga... –Preguntó Úslar.
-Doctor Úslar, tengo un problema muy grave, me han robado...
-¡Cómo que lo han robado Dr. Escalante!
-Sí, me han robado.
-¿Y qué le robaron?
-Los pañuelos.
-¿Cómo que le robaron los pañuelos? ¿Unos pañuelos nuevos?
-No, no, no, véngase por aquí, eran tres mil pañuelos que tenía en la gaveta.


A Arturo Úslar Pietri le extrañó la respuesta e inmediatamente llamó a Rafael Vegas, ministro de Educación y médico siquiatra:

-Rafael, llégate donde Escalante y habla con él. Está pasando algo raro.

Rafael Vegas va al Hotel Ávila y al regreso da su diagnóstico definitivo y aterrador:

-Escalante está loco de bola.

Entonces el clima de paz comenzó a deteriorarse. ¿Cómo buscar un nuevo candidato en tan poco tiempo y que además tuviera la aceptación de todos los sectores: Ejército, AD y el PCV?
La pugna por la presidencia, que estaba apaciguada por la concertación de la figura de Diógenes Escalante, despertó con más furia. Acción Democrática veía restringida la posibilidad de ingresar al poder. Eleazar López Contreras propuso su propio nombre para ser candidato, pero Medina no aceptó esa propuesta por considerar que sería mal vista por el pueblo, pareciendo que querían intentar perpetuarse en el poder alternándose en el cargo. Ante la negativa de Medina, Eleazar López Contreras se lanzó de manera independiente como candidato a la presidencia. El Partido Democrático Nacional, partido del gobierno medinista, postuló a su ministro de Agricultura, el tachirense Ángel Biaggini. Biaggini no tenía suficiente aceptación en los distintos sectores de la sociedad, pero el tiempo apremiaba.
El 30 de septiembre de 1945 el PDV designó oficialmente a Ángel Biaggini como candidato a la presidencia de la República. En el acto, un periodista de Últimas Noticias, medio de comunicación lopecista, se acercó a Biaggini y le pidió una declaración autógrafa. Biaggini escribe un amplio agradecimiento y Últimas Noticias lo publica en primera página de la edición del 1 de octubre de 1945. Para sorpresa de muchos, en el agradecimiento aparece un error ortográfico: “entuciasmo”, con “C”.
El poco apoyo que tenía Biaggini comenzó a abandonarlo, esgrimiendo las razones de que un futuro presidente de la República tenía que ser una persona culta. En El Nacional, del jueves 4 de octubre, apareció en la página 9 una nota titulada “Ortografía”, que a continuación transcribimos:

“Uno de los acontecimientos más sensacionales de los últimos tiempos lo ha sido el autógrafo del doctor Biaggini, publicado por ‘Últimas Noticias’, en el cual aparece escrita con ‘c’ la palabra entusiasmo.
La prensa lopecista ha arremetido furiosamente contra tal gazapo, sosteniendo que un ciudadano con deficiente ortografía no tiene derecho a presidir esta República.
Protestamos. No porque nos agrade la ortografía del doctor Biaggini, sino porque el general Gómez escribía entusiasmo con ‘h’, presidió la República, y los que hoy son directores de los periódicos lopecistas no dijeron ni pío. M.F.”.


Los pocos partidarios de Biaggini justificaron el hecho diciendo que el periodista de Últimas Noticias le había entregado al candidato un lápiz de grafito, y que luego, a propósito, cambiaron la palabra. Esto nunca pudo saberse.
Seis días después, motivado por la tensión y el desasosiego electoral de no existir un candidato que conciliara las aspiraciones de todos los ámbitos de la sociedad, Acción Democrática en confabulación con un sector del Ejército dio el golpe de Estado.
Lo demás es vieja historia...

21 octubre, 2006

Venezuela no necesita de literatura...

El miércoles 28 de junio escuché por casua- lidad al presidente de Fundayacucho decir una frase que me incitó a escribir estas palabras. Por televisión, en una entrevista matutina, el moderador preguntaba a Jorge Arreaza acerca de la posibilidad de realizar estudios de postgrado en el exterior en las áreas humanísticas. El entrevistado respondió sin ambages: “el estado financia estudios en áreas prioritarias... Petróleo, ingeniería, comunicaciones... Venezuela no necesita de literatura”. Palabras más, palabras menos, el presidente de Fundayacucho despachaba en esa sola frase una tradición cultural que, desde la oralidad indígena hasta nuestros días, ha sido alma y nervio de las sociedades a través de la cual manifiesta sus anhelos y temores.
Venezuela necesita de la literatura, pues ella es algo más que un poema romanticón o un pasatiempo de vagos. La literatura es un artículo de primera necesidad sobre el que descansa una nación: la literatura difunde el saber entre los seres humanos que conforman la república.
Pero la literatura no es sólo pedestal, es también medicina que alivia cualquier dolencia del ser. Por ello, se acostumbraba en el siglo XIX a colocar en la entrada de las bibliotecas un letrero que decía “Farmacia del Alma”: por la lectura se consigue un viaje al centro de uno mismo, hurgando inquietudes, sueños y pesadillas.
La literatura no es sólo pedestal ni medicina; es además espejo por el cual una sociedad se ve a sí misma, fomentando la reflexión y discusión acerca de su existencia.
La literatura no es sólo pedestal ni medicina ni espejo; es más, es el mundo mismo que cabe dentro de sus páginas y que nos hace correr el riesgo de pasar sus hojas y perdernos entre sus líneas...
No se puede mantener un criterio desarrollista en una transformación social en la cual se pretende exaltar el ser por sobre el tener, que es lo que busca por esencia toda revolución socialista. Un investigador de la literatura, que no es más que un investigador de los resortes ocultos de la existencia de las comunidades, no es menos importante que un ingeniero de petróleo o un técnico en telecomunicaciones. Ambos ayudan a la formación material y espiritual de la nación. Desarrollando sólo la producción no vendrá por añadidura el fortalecimiento de los valores. La riqueza no hace por sí misma espiritualmente buena a una persona o sociedad. Sólo en el crecimiento integral se podrá pensar en un verdadero país desarrollado.
Hace años, recién salido de bachiller, una persona me dijo que estudiara literatura en vez de ingeniería pues, según su consejo, ganaría más. Hoy, después de tantos años, le doy enteramente la razón...

16 octubre, 2006

Teoría de la nostalgia...


A 64 años de edad, y luego de 36 años de destierro, Andrés Bello escribe en carta dirigida a su hermano Carlos la razón de su triste melancolía:

“En mi vejez, repaso con un placer indecible todas las memorias de mi Patria (recuerdo los ríos, las quebradas y hasta los árboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida). Cuantas veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo pasearme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios conocidos y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen... ¡Daría la mitad de lo que me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, por arrodillarme sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas! Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas desde el camino de la Guaira. ¿Quién me hubiera dicho que en efecto era la última?
¡Cuántos preciosos recuerdos me sugiere este templo y sus cercanías, teatro de mi infancia, de mis primeros estudios, de mis primeras y más caras afecciones! Allí la casa en que nacimos y jugamos con su patio y corral, con sus granados y naranjos. Y ahora ¿qué es de todo esto?”.


Andrés Bello moriría 19 años después sin haber cumplido su sueño de pisar nuevamente la tierra patria. Más de medio siglo alejado de su familia, de sus amigos, de su Caracas pletórica de ríos y hierbas; todo ello rondaba perpetuamente la mente y el corazón del ilustre personaje.
Una inmensurable nostalgia le hacía repetir a Bello en diversas cartas la misma frase, como una letanía: “¿qué es de todo esto?”, “¿qué es de todo esto?”. Ejemplos de esa sensación de pérdida, de disyunción de sujeto con el objeto, como diría un semiótico, se consiguen en el mundo de la literatura clásica latina y medieval. Es el llamado “ubi sunt?”, o “¿qué se ha hecho?” que imploraba desde los versos de Homero y Virgilio, pasando por la literatura española con el primer testimonio poético, conocido como Jarchas compuestas en los siglo XI y XII d.C. (“¿Qué haré yo o qué será de mí?/Amigo,/No te apartes de mí!”); además de Jorge Manrique y su famosa copla a la muerte de su padre escrita en el siglo XV (“¿Qué se hizieron las damas,/sus tocados e vestidos,/sus olores?/¿Qué se hizieron las llamas/de los fuegos encendidos/d'amadores?/¿Qué se hizo aquel trovar,/las músicas acordadas/que tañían?/¿Qé se hizo aquel dançar,/aquellas ropas chapadas/que traían?”); y el infaltable tango y bolero que nos hace eternamente la pregunta de “lo que pudo haber sido y no fue”, entre muchos otros ejemplos en los que la pregunta por lo pasado es el tema principal.

Miguel Luis Amunátegui, biógrafo y amigo de los años chilenos de Bello, describirá los últimos momentos del “arquitecto de América”:

“El 1 de setiembre de 1865, Bello fue atacado por una bronquitis, la cual trajo fiebre. Habiendo el ilustre enfermo experimentado un delirio tranquilo, se figuraba percibir en las paredes del cuarto, y en las cortinas de la cama, los versos de La Ilíada y de La Eneida. Lo que le mortificaba era que frecuentemente los veía medio borrados, y no podía descifrarlos”.

Seguramente eran aquellas palabras dichas por el de “pies ligeros”, expresadas en el Canto I de La Ilíada:

“Lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves”.

Los restos de Andrés Bello reposan aún en el Cementerio de Santiago de Chile esperando por su sueño de regreso a la patria.

15 octubre, 2006

Suspiro de dátil y aceituna...


A Yamil Ajmad, mi abuelo, quien fue uno de los 780.000 palestinos que a mediados del siglo XX fueron desalojados de su tierra y partieron hacia nuevos mundos

Supe ver desde pequeño, en los grises ojos de mi abuelo inmigrante, una nostalgia de infinitas leguas, un recordar de mirada perdida al horizonte. Esa certeza se me hacía evidente cuando mi abuelo cancelaba su silencio y me hablaba de extraños lugares como Galilea, Samaria, Judea, el Hebrón...; sudaba cuando mencionaba la aridez del desierto de Néguev y sentía una gran emoción cuando surgía de sus labios la palabra Jordán: entonces sus palabras corrían como arroyo, terminando de refrescar la tarde cuando mencionaba el lago Tiberíades y el mar Muerto. Recuerdo que me decía en tono melancólico, con una sonrisa que no era de las suyas, que en esa lejana tierra uno se podía hallar tan cerca del cielo como del infierno (años después supe de lo que me hablaba, al encontrar en una vieja enciclopedia que Palestina era Tierra Santa y en ella se encontraba el punto más bajo de la superficie terrestre –395 mbnm–). Mi abuelo continuó su historia y me habló de los cananeos, los primeros habitantes conocidos de Palestina. Me dijo que eso fue por allá por el tercer milenio a.C., fecha que no supe imaginar, y que desarrollaron un alfabeto del cual se derivaron otros sistemas de escritura. "Así, Palestina es cuna de la escritura y la religión", me dijo orgulloso con tono de maestro. "Todos los caminos conducían a Palestina", decía mi abuelo, y explicaba que por su localización se constituía en centro de las rutas que unían tres continentes, llegando así a ser punto de confluencia de manifestaciones religiosas y culturales procedentes de Egipto, Siria, Mesopotamia y Asia Menor... El silencio volvió a los labios de mi abuelo. En el temblor de su pupila perdida vi a su familia, mi familia, bajo el terror de la guerra en la lucha justa por el despojo de sus tierras perpetrada de la manera más vil y canalla por las tropas israelíes. Una invasión de tierra y de alma que produjo el exilio de 780.000 palestinos, quienes desandaron los caminos que antaño servían de comercio y progreso y que ahora les mostraba el ancho mar Mediterráneo como pórtico a lo inesperado. ¿Qué pensaría mi abuelo con las sandalias aún llenas de polvo y apoyado sobre la baranda del barco que cruzaba pausadamente el Atlántico? Ya no lo sabré nunca, pues hace casi veinte años que murió. Por ello nunca supo de la firma del acuerdo de paz celebrado en 1993 entre Yaser Arafat e Isaac Rabín, pero sé que si lo hubiera visto habría vuelto a poner su mirada perdida y diría que un trato con judíos, en tierra de Estados Unidos, es siempre un trato perdido. Sé, abuelo, que con los últimos acontecimientos de ataques israelíes, apoyados por las sandeces de Bush y Rice, habrías exhalado un suspiro de dátil y aceituna y lanzarías al cielo una de esas malas palabras en árabe que nunca quisiste enseñarme a pronunciar.