15 octubre, 2006

Suspiro de dátil y aceituna...


A Yamil Ajmad, mi abuelo, quien fue uno de los 780.000 palestinos que a mediados del siglo XX fueron desalojados de su tierra y partieron hacia nuevos mundos

Supe ver desde pequeño, en los grises ojos de mi abuelo inmigrante, una nostalgia de infinitas leguas, un recordar de mirada perdida al horizonte. Esa certeza se me hacía evidente cuando mi abuelo cancelaba su silencio y me hablaba de extraños lugares como Galilea, Samaria, Judea, el Hebrón...; sudaba cuando mencionaba la aridez del desierto de Néguev y sentía una gran emoción cuando surgía de sus labios la palabra Jordán: entonces sus palabras corrían como arroyo, terminando de refrescar la tarde cuando mencionaba el lago Tiberíades y el mar Muerto. Recuerdo que me decía en tono melancólico, con una sonrisa que no era de las suyas, que en esa lejana tierra uno se podía hallar tan cerca del cielo como del infierno (años después supe de lo que me hablaba, al encontrar en una vieja enciclopedia que Palestina era Tierra Santa y en ella se encontraba el punto más bajo de la superficie terrestre –395 mbnm–). Mi abuelo continuó su historia y me habló de los cananeos, los primeros habitantes conocidos de Palestina. Me dijo que eso fue por allá por el tercer milenio a.C., fecha que no supe imaginar, y que desarrollaron un alfabeto del cual se derivaron otros sistemas de escritura. "Así, Palestina es cuna de la escritura y la religión", me dijo orgulloso con tono de maestro. "Todos los caminos conducían a Palestina", decía mi abuelo, y explicaba que por su localización se constituía en centro de las rutas que unían tres continentes, llegando así a ser punto de confluencia de manifestaciones religiosas y culturales procedentes de Egipto, Siria, Mesopotamia y Asia Menor... El silencio volvió a los labios de mi abuelo. En el temblor de su pupila perdida vi a su familia, mi familia, bajo el terror de la guerra en la lucha justa por el despojo de sus tierras perpetrada de la manera más vil y canalla por las tropas israelíes. Una invasión de tierra y de alma que produjo el exilio de 780.000 palestinos, quienes desandaron los caminos que antaño servían de comercio y progreso y que ahora les mostraba el ancho mar Mediterráneo como pórtico a lo inesperado. ¿Qué pensaría mi abuelo con las sandalias aún llenas de polvo y apoyado sobre la baranda del barco que cruzaba pausadamente el Atlántico? Ya no lo sabré nunca, pues hace casi veinte años que murió. Por ello nunca supo de la firma del acuerdo de paz celebrado en 1993 entre Yaser Arafat e Isaac Rabín, pero sé que si lo hubiera visto habría vuelto a poner su mirada perdida y diría que un trato con judíos, en tierra de Estados Unidos, es siempre un trato perdido. Sé, abuelo, que con los últimos acontecimientos de ataques israelíes, apoyados por las sandeces de Bush y Rice, habrías exhalado un suspiro de dátil y aceituna y lanzarías al cielo una de esas malas palabras en árabe que nunca quisiste enseñarme a pronunciar.

10 comentarios:

  1. Anónimo8:27 p.m.

    Diego
    Tus palabras hacem vibrar el sueño por lo desconocido y en especial por el recuerdo de lo vivido. Gracias por brindar dulzura en el texto y en el fondo admiración y sentimientos (grises y blancos). Leo en tus lineas el sueño de hacer vivir a través de tus ojos el sueño de tu abuelo... un retorno a la tierra santa...

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  2. Anónimo9:06 a.m.

    Querido amigo, me alegro por tu iniciativa, se que esto que haces te hace muy feliz y estoy convencido de que a todos con quien compartes esto, igual los hace felices. Sigue adelante…

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  3. Rigoberto Godoy12:15 p.m.

    Imaginé que por tu apellido, tenías ese origen, a un pueblo al que le tengo particular afecto y estima, como es al pueblo palestino y en general a toda la comunidad musulmana del mundo:palestinos, árabes, persas, chiítas, sunitas, turcos. Por tu evocación, no me queda otra cosa que apoyar absolutamente tus ideas en favor de esas raíces históricas y culturales. Algún día, las guerras, los ataques, las invasiones, el genocidio, la injusticia y la arbitrariedad en contra de los pueblos cuyo "delitos" han sido el usar turbante, no seguir el "américa way of life", tener cejas pobladas o nariz respingada, dejará de ser cotidiana y brillará nuevamente el sol de la paz verdadera y auténtica en el Cercano Oriente.

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  4. J. L. Calderón11:36 p.m.

    Diego, me alegra encontrar, de nuevo, este relato, el cual leí en tu mini periódico universitario, años atrás, y que me llamó mucho la atención. Recuerdo haberlo guardado para releerlo en una nueva ocasión, pero (papel al fin) no recuerdo dondé estará. Ahora, tengo la suerte de volverlo a tener. Tremendo mensaje el que encierra. Felicitaciones y éxito en tu blog.

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  5. Anónimo6:46 p.m.

    Me parece que has demostrado mucha humildad al reconocer la importancia de tus raíces, pero de tus raíces espirituales, al darle honor a una persona tan importante y que te decía en claves mensajes tan determinantes en tu vida y que te crearon un sendero, al mismo tiempo que te guiaron en él. Disfruté cada línea porque sentía tu emoción y sé que esa mirada que describes es la que tenías al escribirlas, producto de la melancolía y la nostalgia pero al mismo tiempo llena de gozo como quien disfruta de su esencia...

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  7. En cuanto al texto en sí, me gusta el estilo, la fluidez, la sencillez y profundidad (a la vez) de las imágenes.
    En cuanto a la ideología, sólo puedo decir: somos humanos, sufrimos y hacemos sufrir, vivimos injusticias y propiciamos injusticias. Todos los pueblos han sufrido, todos han hecho sufrir a otros. Gracias por el momento de lectura.

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  8. Gracias a todos amigos por los comentarios. Es cierto lo que dices, Princesa kaótica, no existe la inocencia pura en el ser humano, todos "agradamos y agredimos" por igual. La lucha está en que el "score" de la vida dé por ganador a las buenas acciones.

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  9. Anónimo10:14 p.m.

    Hola tu escrito me es muy familiar, y me parece muy sincero, sentido y genuino, yo tambien intuia esos sentimientos en la mirada de mi abuelo, solo que no tuvimos tiempo de hablarlo mas solo tenia 14 años cuando fallecio mi abuelo tambien tenia ese apellido, lamentablemente fallecio en el 86 y no tengo mas datos de su familia, no se que tan comun sea el Ajmad en Palestina pero lo compartimos. Mi abuelo se llamaba Hammad Asmar Ajmad Jacob. Si tu tienes mas datos al respecto seria muy afortunada. Saludos Mare

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  10. buena escritura un sentumiento natural que se puede persivir.. aludos fraternos.... sigo insitiendo conozco a tu familia de QQ Y MATURIN-- SALUD

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