22 julio, 2009

La universidad vista desde el cafetín


Ver la realidad desde diversos puntos de vista ofrece una imagen quizás un poco más fiel a lo que pueden ofrecernos los sentidos desde la perspectiva unidimensional. “Todo depende del cristal con que se mire”, expresa el refranero popular para condensarnos la idea del necesario asedio a la realidad desde sus diversos flancos. Es posible encontrar en el arte diversidad de ejemplos de esta posibilidad de aniquilación de la verdad única y la adquisición de una conciencia de un laberíntico saber y un enjambre de medias certezas. Escher, el genial artista de los Países Bajos del siglo XX, nos ofrece en sus grabados y en sus figuras imposibles la realidad múltiple y escurridiza de la perspectiva total. Kurosawa, el gran cineasta japonés, nos relata en su película “Rashomon” una violación y homicidio desde los diversos testimonios de las víctimas, los victimarios y los testigos. Al final, cada versión ofrecida es distinta una de otra y verdadera al mismo tiempo. Esta es una enseñanza de la contemporaneidad, producto de los llamados “maestros de la sospecha”, Freud, Marx y Nietzsche: la verdad única no existe y la realidad esconde en sus pliegues otras realidades.

Por eso, quien quiera estudiar cualquier realidad, repito, debe hacerlo desde todos los ángulos posibles. Yo, por ejemplo, que intento estudiar lo que es la universidad, siempre trato de caminar por pasillos que no acostumbro transitar e ingreso a la universidad por entradas inusuales. Hace poco vi, por ejemplo, a la universidad desde el otro lado del mostrador del cafetín y lo que vi me sorprendió sobremanera.


Desde el mostrador del cafetín, la universidad ofrece un rostro distinto. En medio de tequeños, empanadas y pepitos, se logra apreciar una universidad cuyo interés fundamental está centrado en la docencia, una universidad cuya razón de ser está dedicada a la formación de personal. ¿De dónde surge esta afirmación? Pues basta dirigirse al cafetín en el momento justo que culmina el semestre para toparse con una puerta cerrada y una santamaría que nos dice a gritos: ¡Sin estudiantes no hay universidad!


En cierta ocasión el peculiar escritor italiano Giovanni Papini se atrevió a proponer ante reconocidos catedráticos de Turín la siguiente idea para ser aplicada en las universidades de principios del siglo XX:


“1) Supresión de los programas generales y particulares y de los cursos obligatorios. 2) Supresión de los exámenes de cualquier tipo; los exámenes deben reservarse para los concursos a cargos o empleos. 3) Supresión de los cursos oficiales dados por los profesores. Estos podrían, si quisieran, dar cursos de conferencias sobre temas especiales estudiados por ellos, pero no sería obligatorio, para los estudiantes, frecuentarlos, y no darían, como se ha dicho, ocasión a exámenes”.


Palabras más, palabras menos, Papini proponía la abolición de las clases en las universidades y ensayar así una nueva forma de relación con el saber. Según Papini, el profesor no detenta el conocimiento y el estudiante no es ya un cerebro vacío que, cual estación de autoservicio, espera su turno para ser llenado con fechas, fórmulas y nombres; información inconexa con la vida misma. Es más, el estudiante deja ya de ir a la universidad con el fin de buscar un certificado que le permita conseguir un cupo en el mercado de trabajo. Las destrezas para el trabajo debe obtenerlas en el trabajo mismo, lugar en el cual deben abrirse espacios para la formación de sus futuros empleados. La universidad, según el escritor italiano, debe estar para otra cosa: para la creación del saber, para la discusión universal; una nueva academia platónica.


Imaginen el ceño fruncido de los académicos que oían las palabras de Papini en 1919. Imaginen los ceños fruncidos de los profesores universitarios de hoy día, que dirían: “Eso es una locura. ¿Y si no damos clase entonces qué haremos?”.


Ya sabemos que esta propuesta es absurda si es observada desde el mostrador del cafetín. Desde ese punto, la función “escolar” de la universidad es la única válida para su existencia, pues la UNEG tiene razón de ser sólo si deambulan estudiantes por sus pasillos. De eso está claro el cafetín, pues al apenas terminar las labores docentes, las santamarías que resguardan los tequeños, las empanadas y los pepitos bajan incólumes e indiferentes ante las súplicas de los empleados, administrativos y profesores que siguen en labores de investigación y extensión.


Quizás sintamos que la transformación universitaria va por buen camino cuando el cafetín permanezca abierto y entienda que la razón de ser de la universidad radica no en los estudiantes ni los profesores, sino en la hermosa y emocionante tarea de generar de conocimiento.

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