11 diciembre, 2012

Las ciudades, esos libros de piedra


Imagen: "Ciudad de libros". Claudia García Pérez.


De todas las cosas que pudieran parecerse a un libro, son las ciudades, las amadas y odiadas urbes, las que logran una mayor semejanza. Una ciudad, al igual que un libro, puede leerse en la variedad de voces que transitan por sus calles, páginas de asfalto abiertas a los ojos de los que estén dispuestos a traducir sus pliegues. Libro y ciudad, ambos, son proyectos de cultura, objetos engarzados por valores y sueños que nunca terminan de leerse ni hacerse. Ya bien lo había dicho Claude Lévi-Strauss: “Es lícito comparar, y no de manera metafórica, una ciudad con una sinfonía o un poema; son objetos de la misma naturaleza. Posiblemente más preciosa aún, la ciudad se sitúa en la confluencia de la naturaleza y del artificio. Es a la vez objeto de naturaleza y sujeto de cultura; individuo y grupo; vivida y soñada; la cosa humana por excelencia”.
Una ciudad no es sólo un conjunto de personas que abandonaron la actividad agropecuaria, que se aglomeraron conformando densas zonas pobladas de edificios para vivir una rutina despersonalizada y acelerada; una ciudad es eso, pero es más: una ciudad es también una comunidad que comparte imaginarios. Sin relatos comunes, sin fábulas, no puede existir la ciudad. Y allí se nos muestra uno de los vínculos esenciales entre la ciudad y la literatura: ambas son pivotes de valores y sueños.
En ocasiones la ciudad se nos hace esquiva, nos aburre cual insípida Scherezada que narra con fastidio y desánimo un lugar que ya nada tiene que mostrarnos. Sin embargo, cuando eso ocurre, la literatura se hace presente para ofrecernos, cual caleidoscopio, las perspectivas esenciales y ocultas de la urbe. La ciudad es un fenómeno estético hecho de formas, colores, sonidos y olores, que el lenguaje literario se encarga de conjugar en sinestesias reveladoras; por ello la literatura, en muchas ocasiones, es la mejor guía para conocer una metrópoli. Es tan intensa y vívida la mirada escrutadora de la literatura sobre la ciudad que, sin exagerar, es posible conocer primero una urbe a través de las páginas de una obra literaria que con el mismísimo testimonio del turista. La Buenos Aires de Sábato, el Londres de Dickens, la Dublín de Joyce o la Estambul de Pamuk, por nombrar algunos ejemplos, son las tarjetas postales más fidedignas que pueden hallarse de esos lugares.
La literatura ha mostrado a la ciudad desde la visión maniqueísta del bien y el mal: por un lado, la ciudad amable, paradisíaca, en la que habita el bienestar y el progreso; por otro lado, la ciudad Infierno, invivible, en la que reside todo mal y en donde es imposible el compartir. En estos dos discursos de representación de la ciudad, son escasos los ejemplos de la ciudad Paraíso. Tal vez un Whitman celebrando a Nueva York, o parte de la literatura influenciada por el Positivismo, cuya idea de la ciudad como sede de la razón, el orden y el progreso alimentó a los decimonónicos imaginarios de las ciudades latinoamericanas, basten para señalar sus obras representativas. Sin embargo, del lado de los discursos literarios que representan a las ciudades Infierno, es amplia la lista y hasta pudiera decirse que el escritor gusta de la moraleja de la antigua fábula de Esopo, “Ratón de campo y ratón de ciudad”, en la cual se afirma, con desdén hacia la urbe: “más vale una vida modesta en paz y sosiego que todo el lujo del mundo con peligros y preocupaciones”.
En el caso de la literatura venezolana, los escritores parecen haber estado del lado del ratón de campo y han seguido el discurso crítico hacia las urbes. Desde “Todo un pueblo” (1899) de Miguel Eduardo Pardo, pasando por “Los alegres desahuciados” (1948) de Andrés Mariño Palacio, “Los pequeños seres” (1959) de Salvador Garmendia, “Asfalto-Infierno” (1963) de Adriano González León, hasta “Nocturama” (2006) de Ana Teresa Torres o “Caracas muerde” (2012) de Héctor Torres, la visión de la ciudad Infierno ha estado privilegiada como la manifestación de una constante sociabilidad patológica, en la cual la urbe, lugar que nos hace mal, nos incita al mismo tiempo a permanecer en ella.
Las ciudades, esos libros de piedra, como habría dicho Víctor Hugo, nos invitan a leernos en sus calles. Para habitar una ciudad se requiere de cemento y asfalto; la ciudad requiere de cantos y metáforas para habitarnos y tatuar sus planos en nuestra alma.

5 comentarios:

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