08 septiembre, 2012

Las formas de la ciudad


Uno de los cambios impulsados por la conciencia crítica de la modernidad fue el abandonar la intuición de que la realidad es concepto prefabricado, noción universal y atemporal que envuelve y determina nuestra existencia. Cual ámbito y reino de la posibilidad y la lógica, la realidad no era más que el espacio que se hallaba fuera del límite que traza nuestra retina y epidermis. Ahora, sin embargo, la modernidad nos impele a hablar de una realidad construida por nuestra razón. Desde el mundo como “representación” de Schopenhauer, al mundo como “fábula” de Nietzsche, la conciencia de la realidad como escritura e interpretación es una concepción heredera de la revuelta iniciada por Kant con su teoría de las mediaciones.
El espacio ha sido confinado, en los discursos que intentan interrogar a la realidad, a mero escenario del tiempo, a ser simple coordenada donde se desarrolla la psiquis y la voluntad humana. Sin embargo, y ya Kant nos los había advertido, el espacio es una expresión de nuestra sensibilidad, una forma a priori de la intuición, por lo cual los pliegues y matices que percibimos del espacio estarán siempre supeditados al imaginario y la subjetividad y serán anteriores al mismo hecho de la percepción.
Así, la realidad ya no nos hace; nosotros hacemos la realidad, y con ese mayúsculo cambio de perspectiva se fundará toda la tradición crítica del pensamiento moderno en la cual se insertará Cassirer con su idea de la cultura como “forma simbólica”. Para este pensador alemán, las formas simbólicas no son representaciones de algo preexistente, recipientes donde se refleja algo existente ya en sí mismo. En la filosofía de Cassirer el objeto no es dado sino que es constituido, esto es, ‘representado’, ‘significado’ o simbolizado.
A partir de estas ideas, Erwin Panofsky desarrollará dos breves pero profundas conferencias. “La perspectiva como forma simbólica”, de 1927, y “La arquitectura gótica y la escolástica”, de 1948, en las cuales propone la idea de que la perspectiva, en el primer texto, y el estilo arquitectónico gótico, en el segundo, no son simples elementos técnicos o estilísticos de una obra de arte; por el contrario, expresan una sensibilidad contextualizada y un paradigma epistemológico materializado. La perspectiva y el estilo arquitectónico, en definitiva, son “la expresión de una determinada expresión del espacio, una concepción del mundo”. Con ese argumento, Panofsky concluirá afirmando lo siguiente:
“Así, la historia de la perspectiva puede, con igual derecho, ser concebida como un triunfo del distanciante y objetivante sentido de la realidad, o como un triunfo de la voluntad de poder humana por anular las distancias; o bien como la consolidación y sistematización del mundo externo; o, finalmente, como la expansión de la esfera del yo”.
Estas son las líneas fundantes de la “proxemística”. El término fue empleado en la década de los sesenta por el norteamericano Edward Hall, quien describe las experiencias y las prácticas culturales de los hombres con el espacio: “la proxemística es la expresión de las observaciones, interrelaciones y teorías referentes al uso que el hombre hace del espacio, como efecto de una elaboración especializada de la cultura a que pertenece”. Así, desde un enfoque antropológico del uso espacio, Hall analiza y compara el orden espacial en los contextos interculturales alemanes, ingleses y franceses, y concluye, luego de una multiplicidad de ejemplos, que el urbanismo es una práctica matizada por las creencias y los imaginarios de una cultura en particular. La forma de una ciudad, la orientación de sus calles, los espacios que propician y prohíben el encuentro, serán a su vez origen y consecuencia de las prácticas ciudadanas.
¿Cuál es la relación entre las formas de la ciudad y sus prácticas ciudadanas?, ¿existen algunas formas de la ciudad que propicien valores ciudadanos como la paz, la tolerancia y la participación en lo público?, ¿qué tipo de ciudadanía propicia la configuración urbanística en nuestra ciudad?
La forma de la ciudad, cual esqueleto de un ser vivo, posibilita los movimientos de nuestro ser social y sus valores.

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