16 octubre, 2006

Teoría de la nostalgia...


A 64 años de edad, y luego de 36 años de destierro, Andrés Bello escribe en carta dirigida a su hermano Carlos la razón de su triste melancolía:

“En mi vejez, repaso con un placer indecible todas las memorias de mi Patria (recuerdo los ríos, las quebradas y hasta los árboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida). Cuantas veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo pasearme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios conocidos y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen... ¡Daría la mitad de lo que me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, por arrodillarme sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas! Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas desde el camino de la Guaira. ¿Quién me hubiera dicho que en efecto era la última?
¡Cuántos preciosos recuerdos me sugiere este templo y sus cercanías, teatro de mi infancia, de mis primeros estudios, de mis primeras y más caras afecciones! Allí la casa en que nacimos y jugamos con su patio y corral, con sus granados y naranjos. Y ahora ¿qué es de todo esto?”.


Andrés Bello moriría 19 años después sin haber cumplido su sueño de pisar nuevamente la tierra patria. Más de medio siglo alejado de su familia, de sus amigos, de su Caracas pletórica de ríos y hierbas; todo ello rondaba perpetuamente la mente y el corazón del ilustre personaje.
Una inmensurable nostalgia le hacía repetir a Bello en diversas cartas la misma frase, como una letanía: “¿qué es de todo esto?”, “¿qué es de todo esto?”. Ejemplos de esa sensación de pérdida, de disyunción de sujeto con el objeto, como diría un semiótico, se consiguen en el mundo de la literatura clásica latina y medieval. Es el llamado “ubi sunt?”, o “¿qué se ha hecho?” que imploraba desde los versos de Homero y Virgilio, pasando por la literatura española con el primer testimonio poético, conocido como Jarchas compuestas en los siglo XI y XII d.C. (“¿Qué haré yo o qué será de mí?/Amigo,/No te apartes de mí!”); además de Jorge Manrique y su famosa copla a la muerte de su padre escrita en el siglo XV (“¿Qué se hizieron las damas,/sus tocados e vestidos,/sus olores?/¿Qué se hizieron las llamas/de los fuegos encendidos/d'amadores?/¿Qué se hizo aquel trovar,/las músicas acordadas/que tañían?/¿Qé se hizo aquel dançar,/aquellas ropas chapadas/que traían?”); y el infaltable tango y bolero que nos hace eternamente la pregunta de “lo que pudo haber sido y no fue”, entre muchos otros ejemplos en los que la pregunta por lo pasado es el tema principal.

Miguel Luis Amunátegui, biógrafo y amigo de los años chilenos de Bello, describirá los últimos momentos del “arquitecto de América”:

“El 1 de setiembre de 1865, Bello fue atacado por una bronquitis, la cual trajo fiebre. Habiendo el ilustre enfermo experimentado un delirio tranquilo, se figuraba percibir en las paredes del cuarto, y en las cortinas de la cama, los versos de La Ilíada y de La Eneida. Lo que le mortificaba era que frecuentemente los veía medio borrados, y no podía descifrarlos”.

Seguramente eran aquellas palabras dichas por el de “pies ligeros”, expresadas en el Canto I de La Ilíada:

“Lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves”.

Los restos de Andrés Bello reposan aún en el Cementerio de Santiago de Chile esperando por su sueño de regreso a la patria.

1 comentario:

  1. Hola, amigo. ¿Cómo así que Bello fue desterrado? Yo pienso que fue exilio voluntario, por desacuerdo con el autoritarismo imperante o que veía venir (a buen entendedor, pocas palabras). Saludos.

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